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sábado, 17 de diciembre de 2011

Saigón


Hoy en día la ciudad se llama Ho Chi Minh, un último honor al comandandate de las guerrillas que reconquistaron al país y expulsaron finalmente a los ejércitos norteamericanos después de quince años de guerra. Pero Saigón, su antiguo nombre, sigue aferrado a la memoria de la gente.

Saigón…
Una palabra mágica

Saigón…
Tan sólo pronunciarla hace pensar en traficantes de opio, en guerras mercenarias, en oscuros burdeles donde prostitutas impúberes afrontan el tedio de cada noche con ojos alargados y tristes. Durante más de un siglo ha sido el más grande puerto comercial del sudeste asiático y el principal motor de la economía vietnamita, una de las más dinámicas del continente. Capital de los territorios franceses de Indochina, Saigón ha vivido el esplendor y la decadencia de toda urbe de espíritu desenfadado y libertino. Fiel a su consigna portuaria, Saigón es todas las ciudades y es ninguna. Exhibe un frenesí desbordado, una vitalidad que a primera vista pareciera excesiva, pero que en realidad esconde una voluntad de olvido, el deseo de perderse a sí misma a fuerza de encontrarse en los espejos de otros.   
Después de un viaje de media hora por las calles de la ciudad, las motos que han oficiado como taxis desde la estación de autobuses se detienen de repente. Acabamos de tener una idea del tráfico demencial que la sacude, esa jauría de motocicletas que rugen en todas las direcciones posibles desafiando las más elementales leyes de la lógica. 
Estamos en el centro, me dice el chofer cuando le devuelvo el casco. Pagamos lo convenido, tomamos nuestras maletas y nos vamos a buscar un lugar donde dormir. El precio de los hoteles excede el de nuestro presupuesto. Un hombre se nos acerca y nos dice en voz baja que podemos encontrar una mejor oferta en una casa de familia. Accedemos y nos dejamos conducir hasta un barrio modesto de callejuelas irregulares en donde la gente vive con las puertas abiertas, ajenos a cualquier voluntad de intimidad. Una madre baña a un niño en una pequeña palangana, otra mujer cocina la cena, un grupo de hombres juega cartas en el piso. La gente pasa caminando o en bicicleta por entre improvisados puestos de comida y tiendas pobremente surtidas. El piso es de cemento y aún está húmedo por la lluvia reciente. Huele a pescado, a frituras, a menta. Hace calor. Los niños juegan en la calle mientras los ancianos ven pasar la tarde desde sus mecedoras.
Llegamos a la casa. El hombre discute con una mujer en vietnamita. Ella nos mira de pies a cabeza, luego nos invita a pasar. Nos quitamos los zapatos y tenemos que agacharnos un poco para entrar. El interior es estrecho y está lleno de muebles y enseres. Un perrito nos ladra desde el regazo de un niño que ve televisión y no se molesta en mirarnos. Atravesamos una diminuta cocina antes de subir por las escaleras, cuatro pisos, hasta la terraza donde está la habitación. Desde allí puede verse gran parte de la ciudad: las calles siempre atestadas, la ropa colgando en los balcones, la incesante voz de los televisores. Pero desde allí toda esa algarabía es ajena. La mirada se extiende hasta donde el mar se hace infinito; Cerca de aquí, el caudaloso aliento del Mekong se derrama sobre el Mar de China, desde siempre. El viento moldea las nubes con la gracia extravagante de los atardeceres. Decidimos quedarnos. 
Es sin duda una ciudad cifrada por la memoria literaria. Porque decir Saigón es decir también El amante o El americano impasible. Pero la ciudad que describen y pueblan los personajes de Marguerite Duras y Graham Green es muy distinta a la que hoy nos recibe. La urbe de hoy es caótica, febril, insaciable. Una ciudad que muestra sin pudor sus cicatrices de guerra, que las exhibe casi con orgullo. Francia y Estados Unidos, cada uno en su momento, invadieron Vietnam y sometieron a su pueblo a condiciones de vida infrahumanas. Sus acciones cobraron la vida de cientos de miles de personas y dejaron secuelas que hasta hoy continúan.
El surco de sangre y dolor que trajo el hombre blanco aún marca el semblante de los vietnamitas. Es un pueblo seco, endurecido por los avatares de su historia reciente. Rara vez ríen y cuando lo hacen parecen reprocharse a sí mismos tanta ligereza. No hay ternura en sus ojos. Hay, franqueza y fuerza y dolor.  

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Delta del Mekong


El Mekong es uno de los ríos más vastos de Asia. Buscando siempre el mar, se desgaja desde las frías estepas tibetanas, serpenteando a través de la difícil geografía de la Península Indochina. Es un río imponente, un caudal de aguas testarudas y hostiles, plagado de rápidos y cataratas que en muchos tramos hacen la navegación imposible. Pero en el Delta, toda esa fuerza contenida durante miles de kilómetros, revienta en una multitud de vertientes y canales en donde el agua se vuelve taciturna y dócil, un remanso en cuyas orillas se adivina la vida cotidiana de los habitantes de la región, en su mayoría pescadores y campesinos que se dejan arrastrar por pequeñas canoas o pasan sus tardes reparando las redes de pesca a la sombra de un árbol. Los niños se bañan desnudos en el río mientras las madres lavan la ropa o cocinan bajo sombreros cónicos que las resguardan del sol. 
Las casas, construidas sobre palafitos para soportar las constantes crecidas del río, suelen ser de madera y zinc. Un verde lúbrico inunda los espacios de las riveras en las que aún no se amontonan, una sobre otra, improvisadas viviendas. Dos o tres veces por semana, los comerciantes (en su mayoría mujeres), se reúnen en los mercados flotantes para intercambiar sus coloridas mercancías: rambutanes y lichis de sabor rojo y pelo encendido, enormes yacas de frutos dulzones y robustos, mangostinos de piel oscura, corazón blanco y el sabor más parecido al paraíso.
Estamos en el pequeño pueblo de Chau Doc, en la parte más meridional de Vietnam, justo en medio del Delta del Mekong. Un ferry nos lleva hasta la isla de An Giang en donde vive una pequeña comunidad musulmana.
 En cuanto atracamos en el muelle, la algarabía de motos y bicicletas que esperaban en la plataforma reanuda su marcha. Tomamos las bicicletas y cruzamos el puente en medio del frenesí que se apodera de la aldea y que se disipa poco a poco, conforme la gente se pierde por entre callejuelas y caminos alternos. En abril de 1978, el Khmer Rouge penetró en territorio vietnamita y perpetró allí una cruenta masacre. Más de tres mil personas murieron ese día, entre mujeres, hombres y niños. Este hecho motivó la invasión de Kampuchea y el posterior control de toda la región por parte de fuerzas vietnamitas. Hoy en día, fuera de las calaveras que se amontonan en una pagoda, todo parece desmentir las atrocidades del pasado. La gente sonríe al vernos pasar, los campos de arroz se extienden en la distancia, el río pasa tranquilo bajo puentes de madera y coloridos templos en honor a la Diosa del Mar o a Ho Chi Minh.  
El Islam es una religión minoritaria en la Península Indochina. Quienes lo practican pertenecen a la etnia Cham y habitan fundamentalmente en Vietnam y Camboya. Al parecer, fueron comerciantes musulmanes quienes llevaron la fe de Mahoma hasta sus costas alrededor del siglo XII e.c. Nos es fácil encontrar la mezquita del pueblo, pues se trata de una gran estructura blanca con ornamentos verdes y un alto minarete. Algunos hombres vestidos de blanco y con sombreros musulmanes conversan animadamente a la entrada. Uno de ellos se acerca en cuanto nos ve y nos invita a entrar. Es el Imam y habla bien el inglés. Nos lleva a recorrer la mezquita mientras habla un poco de su comunidad. Los Cham son suníes, pero su aislamiento del resto de la comunidad islámica ha hecho que sus rituales se impregnen de creencias propias de otras religiones. Nos conduce al interior de la mezquita, en donde un anciano de turbante blanco y enormes lentes lee el Corán en silencio. A pesar de lo precarias de las condiciones de la aldea, el interior del templo es elegante. Altas columnas adornadas con pequeños baldocines verdes y blancos sostienen unas cúpulas traslucidas que iluminan la sala generosamente. Mosaicos de colores tapizan dos mihrabs centrales, así como las demás paredes del recinto. Fragmentos del Corán escritos en delicada caligrafía adornan la parte alta de la qibla. Las baldosas en el piso forman enrevesadas y coloridas figuras geométricas.
Salimos a un jardín lateral. El Imam explica que se trata de un cementerio. Conforme nos acercamos empezamos a ver las lápidas. Algunas de ellas están escritas en árabe, otras en la lengua propia de la aldea: el nombre del difunto, el nombre de su padre, la fecha del deceso. Una algarabía de niños apaga de repente las palabras del Imam. Vienen a clase, se disculpa un momento con una sonrisa. Los vemos correr cerca de las tumbas, persiguiéndose entre risas, ajenos a la muerte y eternos.         
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