Vengo a Harar tras la sombra de Richard Burton y Arthur Rimbaud. Burton, un aventurero inglés, diplomático y traductor de Las Mil y una Noches, fue el primer europeo en entrar a la ciudad sagrada, a donde llegó disfrazado de comerciante árabe, recaudando información para trazar mapas detallados de Somalia y Abisinia. Rimbaud, después de abandonar la poesía y luego de largos años de errancia por las costas de Java y Yemen, se estableció en Harar y allí emprendió una próspera carrera como comerciante de armas y café. Ambos, hace ya casi dos siglos, caminaron estas mismas calles de piedra, durmieron bajo este cielo, se dejaron seducir por el encanto de esta pequeña urbe salvaje que, aferrada a las montañas de Chercher, mira la extensión inmensa del valle de Ogadén, las impávidas planicies, siempre a lo lejos.
Es de madrugada y en la calle solo están encendidas las luces de la estación de gasolina. El ladrido de los perros se intercala con la música de una discoteca lejana. Camino por la ciudad desierta hasta la puerta de Shoa, una maciza estructura que da entrada a la ciudad vieja, un colorido laberinto surcado por pequeñas callejuelas que en cada esquina atestiguan el legado árabe de la ciudad, su conexión con las culturas musulmanas de las costas de África del Este. Sigo la silueta irregular de la vieja muralla, desgastada y blanca, los techos de hojalata de las casas, todo en silencio ahora, bajo la noche adormecida.
Bajo por la calle atestada de mujeres de todas las edades, jóvenes, ancianas, niñas, todas vestidas con faldas de colores, con velos naranjas y amarillos encendidos, los rostros oscuros, los ojos lacios. Algunas venden verduras en improvisados puestos, apretujadas a lo largo de la empinada callejuela, extendiendo aquí y allá costales con pequeñas raciones de tomates, limones o cebollas. Otras suben y bajan cargando hatos de leña o palanganas de verduras en la cabeza.
La calle me conduce finalmente al Gidir Magala, el mercado central de la ciudad. Veo desde allí los colores blancos y verdes de la mezquita más importante de la ciudad, el alto minarete desde donde un par de altavoces invita a la oración del medio día. Hombres vestidos de blanco se detienen frente a las escaleras, se quitan los zapatos y entran a orar. Del otro lado, el mercado se extiende en torno a las carnicerías, unas modestas estructuras que delatan la influencia de la arquitectura india en la delicada cadencia de sus arcos. Adivino desde afuera los cuerpos rojos de las reses colgando en los aparadores, los enjambres de moscas, los perros hambrientos rondando las tiendas.