sábado, 17 de diciembre de 2011

Saigón


Hoy en día la ciudad se llama Ho Chi Minh, un último honor al comandandate de las guerrillas que reconquistaron al país y expulsaron finalmente a los ejércitos norteamericanos después de quince años de guerra. Pero Saigón, su antiguo nombre, sigue aferrado a la memoria de la gente.

Saigón…
Una palabra mágica

Saigón…
Tan sólo pronunciarla hace pensar en traficantes de opio, en guerras mercenarias, en oscuros burdeles donde prostitutas impúberes afrontan el tedio de cada noche con ojos alargados y tristes. Durante más de un siglo ha sido el más grande puerto comercial del sudeste asiático y el principal motor de la economía vietnamita, una de las más dinámicas del continente. Capital de los territorios franceses de Indochina, Saigón ha vivido el esplendor y la decadencia de toda urbe de espíritu desenfadado y libertino. Fiel a su consigna portuaria, Saigón es todas las ciudades y es ninguna. Exhibe un frenesí desbordado, una vitalidad que a primera vista pareciera excesiva, pero que en realidad esconde una voluntad de olvido, el deseo de perderse a sí misma a fuerza de encontrarse en los espejos de otros.   
Después de un viaje de media hora por las calles de la ciudad, las motos que han oficiado como taxis desde la estación de autobuses se detienen de repente. Acabamos de tener una idea del tráfico demencial que la sacude, esa jauría de motocicletas que rugen en todas las direcciones posibles desafiando las más elementales leyes de la lógica. 
Estamos en el centro, me dice el chofer cuando le devuelvo el casco. Pagamos lo convenido, tomamos nuestras maletas y nos vamos a buscar un lugar donde dormir. El precio de los hoteles excede el de nuestro presupuesto. Un hombre se nos acerca y nos dice en voz baja que podemos encontrar una mejor oferta en una casa de familia. Accedemos y nos dejamos conducir hasta un barrio modesto de callejuelas irregulares en donde la gente vive con las puertas abiertas, ajenos a cualquier voluntad de intimidad. Una madre baña a un niño en una pequeña palangana, otra mujer cocina la cena, un grupo de hombres juega cartas en el piso. La gente pasa caminando o en bicicleta por entre improvisados puestos de comida y tiendas pobremente surtidas. El piso es de cemento y aún está húmedo por la lluvia reciente. Huele a pescado, a frituras, a menta. Hace calor. Los niños juegan en la calle mientras los ancianos ven pasar la tarde desde sus mecedoras.
Llegamos a la casa. El hombre discute con una mujer en vietnamita. Ella nos mira de pies a cabeza, luego nos invita a pasar. Nos quitamos los zapatos y tenemos que agacharnos un poco para entrar. El interior es estrecho y está lleno de muebles y enseres. Un perrito nos ladra desde el regazo de un niño que ve televisión y no se molesta en mirarnos. Atravesamos una diminuta cocina antes de subir por las escaleras, cuatro pisos, hasta la terraza donde está la habitación. Desde allí puede verse gran parte de la ciudad: las calles siempre atestadas, la ropa colgando en los balcones, la incesante voz de los televisores. Pero desde allí toda esa algarabía es ajena. La mirada se extiende hasta donde el mar se hace infinito; Cerca de aquí, el caudaloso aliento del Mekong se derrama sobre el Mar de China, desde siempre. El viento moldea las nubes con la gracia extravagante de los atardeceres. Decidimos quedarnos. 
Es sin duda una ciudad cifrada por la memoria literaria. Porque decir Saigón es decir también El amante o El americano impasible. Pero la ciudad que describen y pueblan los personajes de Marguerite Duras y Graham Green es muy distinta a la que hoy nos recibe. La urbe de hoy es caótica, febril, insaciable. Una ciudad que muestra sin pudor sus cicatrices de guerra, que las exhibe casi con orgullo. Francia y Estados Unidos, cada uno en su momento, invadieron Vietnam y sometieron a su pueblo a condiciones de vida infrahumanas. Sus acciones cobraron la vida de cientos de miles de personas y dejaron secuelas que hasta hoy continúan.
El surco de sangre y dolor que trajo el hombre blanco aún marca el semblante de los vietnamitas. Es un pueblo seco, endurecido por los avatares de su historia reciente. Rara vez ríen y cuando lo hacen parecen reprocharse a sí mismos tanta ligereza. No hay ternura en sus ojos. Hay, franqueza y fuerza y dolor.  

viernes, 21 de octubre de 2011

Serengeti

El Serengeti es una vasta y árida planicie, salpicada de acacias y arbustos ocasionales, que se extiende como un tapiz desde el norte de Tanzania hasta el sur de Kenia. Catalogado como el más grande hábitat para la vida salvaje en el mundo, en sus más de 30.000 kilómetros cuadrados vive una enorme variedad de animales: elefantes, jirafas, ñus, cebras, hipopótamos, cocodrilos, monos, gacelas, rinocerontes, leones, chitas, búfalos, jabalíes, avestruces, hienas, flamencos y leopardos, entre otros.

En la lengua maasai, Serengeti significa lugar infinito y no es difícil entender por qué. Desde las altas laderas del cráter Ngorongoro, observamos como las planicies llegan hasta donde alcanza la mirada. En ningún lugar he visto atardeceres similares. Soles enormes, rojos e incandescentes se adueñan por horas del paisaje. Regalan esa luz taciturna del ocaso y todo lo impregnan de un aura cetrina.

Los Maasai, habitantes de estos desolados parajes, son gente de una belleza singular. Altos, delgados, fuertes, suelen vestir una shuka, o toga de colores vivos y se les ve caminar a menudo solitarios, aferrados a un báculo, sin más compañía que el viento y el silencio. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos por sedentarizarlos, la mayoría continúa llevando una vida nómada. Son pastores y el ganado es parte fundamental, no solo de su dieta, sino también de su mitología. Monoteístas, hijos elegidos del dios supremo Enkai, recibieron de éste el regalo del ganado y su usufructo desde el principio de los tiempos.  

Estamos en el valle del Rif, una inmensa fractura geológica que se extiende desde Jordania hasta Mozambique produciendo paisajes que reinventan el significado de la palabra asombro. Bajamos por la ladera de la montaña en un jeep  y de repente, de la nada, estamos rodeados de niños. Todos visten de colores vivos, llevan la cabeza rasurada y algunos de ellos cargan pequeños cabritos. Quieren que les tomemos fotos a cambio de dinero. Las precarias condiciones de vida y el constante flujo de turistas los han acostumbrado a ello. Nos invitan a su aldea y señalan un pequeño poblado de casas bajas cercado por bardas circulares hechas de ramas y chamizos secos.

Seguimos nuestro camino y una hora después llegamos a la garganta de Olvduvai. Desde un mirador cercano apreciamos la totalidad del valle que ha sido llamado la cuna de la humanidad, pues allí los paleontólogos Louis y Marie Leakey descubrieron los fósiles más antiguos del homo habilis, que datan de aproximadamente 2 millones de años. ¿Cuántos secretos permanecen aún ocultos en este valle en el que durante milenios habitaron nuestros más lejanos ancestros?

A media tarde entramos finalmente en el parque natural del Serengeti. Dos chitas nos dan la bienvenida bostezando adormiladas a la sombra de un árbol. Nos sorprende la cantidad de ñus y de cebras que vemos a lado y lado del camino. No es gratuito. Están preparándose para la gigantesca migración que, cada año, entre los meses de enero y marzo, deben hacer de sur a norte, en busca de agua y mejores tierras. Lejos de allí, en cercanías al río Mara, jaurías de leones y cocodrilos los esperan ansiosos. Muchos de ellos morirán cruzando el río, ahogados o devorados por las fieras. Pero ya habrá tiempo para pensar en eso. Por ahora se les ve rumiar tranquilos, mirándonos con ojos cansados y exentos de sorpresa.

Más allá encontramos un grupo singular. Tres leonas hembras y un macho caminan lentamente a través de los altos pastizales. Nuestro guía lleva toda una vida observando a estos animales y sabe que algo está por suceder. Apaga el motor del carro y nos ordena guardar silencio. El macho pasa al lado de nosotros y un poco más adelante se echa sobre el pasto, mientras las hembras se dividen y se pierden entre la hierba. Cerca de allí, unas gacelas pastan desapercibidas. Las leonas se mueven con sumo sigilo, se detienen, observan. No hay prisa. Desde la capota del carro, aferrados a nuestros binóculos, aguardamos lo inevitable. Entonces, un ruido súbito nos sorprende. Sólo alcanzamos a ver a las gacelas huyendo, el salto rapaz de una leona, el zarpazo fugaz de otra. La cacería ha concluido. Las hembras llevarán la presa al macho para que éste escoja la mejor parte de la carne. Ellas comerán luego.

Atardece. Un viento tibio trae el aroma de la hierba seca. A lo lejos, el sol parece querer abarcar al cielo.    

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Delta del Mekong


El Mekong es uno de los ríos más vastos de Asia. Buscando siempre el mar, se desgaja desde las frías estepas tibetanas, serpenteando a través de la difícil geografía de la Península Indochina. Es un río imponente, un caudal de aguas testarudas y hostiles, plagado de rápidos y cataratas que en muchos tramos hacen la navegación imposible. Pero en el Delta, toda esa fuerza contenida durante miles de kilómetros, revienta en una multitud de vertientes y canales en donde el agua se vuelve taciturna y dócil, un remanso en cuyas orillas se adivina la vida cotidiana de los habitantes de la región, en su mayoría pescadores y campesinos que se dejan arrastrar por pequeñas canoas o pasan sus tardes reparando las redes de pesca a la sombra de un árbol. Los niños se bañan desnudos en el río mientras las madres lavan la ropa o cocinan bajo sombreros cónicos que las resguardan del sol. 
Las casas, construidas sobre palafitos para soportar las constantes crecidas del río, suelen ser de madera y zinc. Un verde lúbrico inunda los espacios de las riveras en las que aún no se amontonan, una sobre otra, improvisadas viviendas. Dos o tres veces por semana, los comerciantes (en su mayoría mujeres), se reúnen en los mercados flotantes para intercambiar sus coloridas mercancías: rambutanes y lichis de sabor rojo y pelo encendido, enormes yacas de frutos dulzones y robustos, mangostinos de piel oscura, corazón blanco y el sabor más parecido al paraíso.
Estamos en el pequeño pueblo de Chau Doc, en la parte más meridional de Vietnam, justo en medio del Delta del Mekong. Un ferry nos lleva hasta la isla de An Giang en donde vive una pequeña comunidad musulmana.
 En cuanto atracamos en el muelle, la algarabía de motos y bicicletas que esperaban en la plataforma reanuda su marcha. Tomamos las bicicletas y cruzamos el puente en medio del frenesí que se apodera de la aldea y que se disipa poco a poco, conforme la gente se pierde por entre callejuelas y caminos alternos. En abril de 1978, el Khmer Rouge penetró en territorio vietnamita y perpetró allí una cruenta masacre. Más de tres mil personas murieron ese día, entre mujeres, hombres y niños. Este hecho motivó la invasión de Kampuchea y el posterior control de toda la región por parte de fuerzas vietnamitas. Hoy en día, fuera de las calaveras que se amontonan en una pagoda, todo parece desmentir las atrocidades del pasado. La gente sonríe al vernos pasar, los campos de arroz se extienden en la distancia, el río pasa tranquilo bajo puentes de madera y coloridos templos en honor a la Diosa del Mar o a Ho Chi Minh.  
El Islam es una religión minoritaria en la Península Indochina. Quienes lo practican pertenecen a la etnia Cham y habitan fundamentalmente en Vietnam y Camboya. Al parecer, fueron comerciantes musulmanes quienes llevaron la fe de Mahoma hasta sus costas alrededor del siglo XII e.c. Nos es fácil encontrar la mezquita del pueblo, pues se trata de una gran estructura blanca con ornamentos verdes y un alto minarete. Algunos hombres vestidos de blanco y con sombreros musulmanes conversan animadamente a la entrada. Uno de ellos se acerca en cuanto nos ve y nos invita a entrar. Es el Imam y habla bien el inglés. Nos lleva a recorrer la mezquita mientras habla un poco de su comunidad. Los Cham son suníes, pero su aislamiento del resto de la comunidad islámica ha hecho que sus rituales se impregnen de creencias propias de otras religiones. Nos conduce al interior de la mezquita, en donde un anciano de turbante blanco y enormes lentes lee el Corán en silencio. A pesar de lo precarias de las condiciones de la aldea, el interior del templo es elegante. Altas columnas adornadas con pequeños baldocines verdes y blancos sostienen unas cúpulas traslucidas que iluminan la sala generosamente. Mosaicos de colores tapizan dos mihrabs centrales, así como las demás paredes del recinto. Fragmentos del Corán escritos en delicada caligrafía adornan la parte alta de la qibla. Las baldosas en el piso forman enrevesadas y coloridas figuras geométricas.
Salimos a un jardín lateral. El Imam explica que se trata de un cementerio. Conforme nos acercamos empezamos a ver las lápidas. Algunas de ellas están escritas en árabe, otras en la lengua propia de la aldea: el nombre del difunto, el nombre de su padre, la fecha del deceso. Una algarabía de niños apaga de repente las palabras del Imam. Vienen a clase, se disculpa un momento con una sonrisa. Los vemos correr cerca de las tumbas, persiguiéndose entre risas, ajenos a la muerte y eternos.         

viernes, 24 de junio de 2011

Lalibela


Cuenta la leyenda que antes la ciudad se llamaba Roha, la capital de la dinastía Zagwe, un extenso reino enclavado en las montañas de Wollo, al norte de Etiopía. Allí nació un príncipe cuyo porte y belleza hicieron presagiar a los sabios un esplendido futuro. Su nombre era Lalibela y era uno de los hermanos menores del rey. Lalibela creció distinguiéndose entre todos por su buen juicio y prudencia. Un día su hermano, temeroso por el trono, mandó a sus lacayos a envenenarlo. El veneno, en lugar de matarlo, sumió al príncipe en un sueño profundo en donde al parecer habló con Dios y éste le reveló su futuro. Viviría exiliado por largos años en Jerusalén, luego de lo cual volvería triunfante a Roha y sería coronado como rey. Le ordenó que a su regreso erigiera iglesias en su honor y le explicó detalladamente de qué modo construirlas. Poco después, temiendo por su vida, Lalibela se vio obligado a abandonar el reino y viajó a Jerusalén, en donde vivió por más de veinte años. Tal y como le había sido profetizado, a su regreso a Etiopía fue coronado y poco después inició la construcción de las iglesias que Dios le había indicado: monumentales estructuras cavadas en piedra que, muchos aseguran, sólo con la ayuda de ángeles habría sido posible terminar. Desde entonces, la ciudad tomó el nombre de Lalibela y se convirtió en un lugar sagrado, una ciudad considerada por los fieles como una segunda Jerusalén en las montañas de África.
El cristianismo etíope es ortodoxo y proviene del cristianismo copto egipcio, pero están formalmente escindidos desde 1959. A diferencia de su contraparte egipcia, el rito etíope tiene una profunda influencia del judaísmo, pues durante siglos, ambas religiones convivieron en las montañas al Noroeste del país. Hoy en día la mayoría de los falashas (judíos etíopes) emigraron a Israel, pero todavía es posible toparse con  pequeñas aldeas judías en las regiones de Gondar y Tigrai. Los nexos entre el cristianismo etíope y el judaísmo son evidentes. Siguen restricciones alimenticias similares, celebran tanto el sábado como el domingo y, al igual que en la sinagoga judía, toda iglesia etíope conserva en el sagrario un tabbot o copia del Arca de la Alianza, donde reposan las tablas de la ley. Los etíopes creen que el Arca de la Alianza original, después de mucho peregrinar, llegó hasta la antigua ciudad de Axum, siglos después de haber desaparecido del templo de Salomón en Jerusalén, y desde entonces se conserva en la iglesia de Nuestra Señora de Sión, custodiada por un monje viejo y casi ciego.  
Las festividades de navidad, siguiendo el calendario copto, se celebran el siete de enero de cada año. Peregrinos de diversas partes del país inundan de repente la ciudad en una fervorosa algarabía. Magros ancianos que avanzan con dificultad, de templo en templo, cumpliendo un complicado ritual de cantos y genuflexiones. La mayoría viste de blanco, pero hay también quienes llevan largas túnicas de colores.  Los hombres usan turbantes y una frazada que les cubre el torso y parte de las piernas. Las mujeres también visten de blanco y suelen llevar un velo en la cabeza. Inundan las empinadas calles de la ciudad, cansados y con hambre, muchos de ellos llevan casi un mes caminando desde sus aldeas  con el único fin de venir a Lalibela antes de morir, para orar en estas antiguas iglesias de altas paredes que parecen sostener el cielo en su centro, para celebrar en esta sagrada ciudad el milenario ritual del nacimiento de Cristo.
Llegamos a la que es considerada la iglesia tallada en piedra más grande del mundo, la Bet Medhane Alem. Adentro, el primer rellano está oscuro y se siente el vaho denso y pesado de los peregrinos, quitándose los zapatos y atropellándose por entrar. Poco a poco los ojos comienzan a acostumbrarse y la luz que emana del altar perfila las ricas decoraciones en los arcos y en el techo, típicas cruces del rito etíope, extraños símbolos que hablan de viejos sincretismos, de lenguajes arcanos, de ceremonias iniciáticas. En el atrio, a ambos lados del altar hay una pintura de la Virgen, sentada en un trono, cargando a Jesús y rodeada de ángeles y santos.
Afuera se escucha el sonido de un tambor. Un corrillo de hombres vestidos  de blanco y cargando bastones de madera tocan una canción religiosa frente a la puerta principal de la iglesia. Uno de ellos, un anciano de gruesos lentes, sentado en una esquina, mira hacia el cielo y levanta sus brazos, jubiloso. De repente, la música arrecia, los tambores marcan el ritmo de las voces y todos son de repente un único grito extasiado. Un golpe de tambor marca el final y todos se quedan en silencio. Un sacerdote los escucha no lejos de donde estamos nosotros; la barba larga y blanquecina, el sombrero negro, una cruz de madera en la mano. Asiente complacido, les lanza una bendición y se aleja caminando. 

martes, 10 de mayo de 2011

Angkor

En las planicies que circundan la ciudad de Siem Reap, al noroeste de Camboya, una selva lúbrica y espesa oculta la antigua capital del imperio khmer. De su pasado esplendor no quedan más que monumentos de piedra, solitarias y majestuosas estructuras que por siglos permanecieron olvidadas bajo el verde insaciable del trópico. Muchos afirman que se trata del complejo urbano más grande de la época preindustrial y no es difícil adivinar por qué. 
Para recorrer la integridad del lugar son necesarios varios días y pocas personas consiguen llegar hasta las ruinas más lejanas. Todo en Angkor es monumental y pletórico de vida: mariposas copulan en los más diversos colores, tímidas serpientes se desgajan ondulantes por las esculturas, pájaros de colas imposibles y voces mágicas sobrevuelan el cielo y van a posarse en árboles frondosos que funden sus raíces con las paredes de los templos. Las estructuras son de piedra gris y oscura, a veces cubierta por una delicada capa de limo. Emergen de repente en medio de la espesura como héroes silenciosos, soportando incólumes la inclemencia cotidiana de la selva.
El más famoso de los templos, Angkor Wat, está ubicado cerca de la entrada del complejo, totalmente rodeado por un lago en cuyas aguas se reflejan las altas cúpulas. La estructura representa al legendario Meru, el monte sagrado de la cosmogonía hindú, centro del cosmos, rodeado siempre por un océano de agua. Adentro, las paredes están decoradas con escenas de las dos grandes épicas hindúes, el Mahabarata y el Ramayana. Durante años, dedicados artistas grabaron en la piedra la batalla final entre los ejércitos de Rama y el malvado Ravana, como también la escena en la que el dios mono Hanumán sirvió de puente para que los ejércitos de Rama cruzaran a la isla de Lanka, refugio del rey de diez cabezas que tenía secuestrada a la princesa Sita.
La dinastía Khmer fue quizá el imperio más poderoso del que haya tenido noticia la península indochina. Su influencia se extendió desde el siglo IX a XIII por casi todo el sudeste asiático. Por ello, su entramado religioso no sólo se compone de elementos hindúes; tanto el budismo teravada, tan influyente fue en toda la península y la principal religión hoy en día en Camboya, como el budismo mahayana, aportaron mucho a la formación de la compleja cosmología khmer. En los templos, no es extraño ver divinidades como Shiva o Vishnú junto con estatuas y frescos del Buda. Para los camboyanos los templos siguen teniendo un profundo valor religioso y es común encontrarlos rezando, prostrados frente a muchas de las divinidades talladas en piedra.
Recorremos el lugar en bicicleta, dejándonos llevar por el sonido de la selva, sorprendiéndonos a cada instante por la belleza y el misterio de estos edificios carcomidos por la humedad y que en algún tiempo fueron parte de la ciudad más grande del mundo. Una pequeña carretera nos conduce a un vasto complejo conocido como Angkor Thom. A cada lado de un puente que cruza un lago de aguas verdosas, una naga o culebra de múltiples cabezas, custodia la entrada al recinto, acompañada de agresivos guardias de piedra. Al fondo, una  imponente puerta da entrada al complejo. 

Las carcomidas paredes del edificio central engañan la vista, pero después de un atento estudio, el ojo empieza a distinguir los rostros tallados con gran habilidad en la piedra. Un rasgo habitual en los dinteles de las puertas es la imagen de Garuda, el vehículo del dios Vishnú, exaltado pájaro con rostro humano y pieza fundamental de la mitología khmer, desplegando sus alas al cielo, solitario.
Subimos a la parte superior del templo. Allí se elevan los prasats, pequeñas capillas que atesoran un lingam, o falo sagrado que representa a Shiva, dios de la creación y sustentador del ritmo cósmico. A su lado descansa una efigie impasible del Buda, adornada con cintas doradas y anaranjadas. Barritas de incienso se consumen lentamente al lado de unas flores que ya comienzan a marchitarse. Atardece. Jóvenes monjes recorren el templo entre risas. Las voces de la selva intensifican su canto vespertino. Abajo, los sembradíos de arroz, inundados por las lluvias recientes, reflejan los tonos rosados del ocaso. 

jueves, 3 de marzo de 2011

Monasterios en el lago Tana

Enclavado en el occidente del país y con más de tres mil quinientos kilómetros cuadrados de extensión, Tana es el lago más grande de Etiopía y un lugar sagrado desde tiempos inmemoriales. Islas tupidas se yerguen en la lejanía, tapizadas de verde hasta las cimas, sus bosques esconden algunos de los más importantes monasterios e iglesias del rito etíope, muchos de ellos con más de setecientos años de antigüedad. A este lago, dice una de tantas leyendas, llegó por primera vez el Arca de la Alianza, cuando una pequeña comunidad judía que huía de la persecución en Egipto la transportó desde Aswán, río arriba, a través del Nilo Azul, hasta llegar al gran lago. En la isla de Tana Kirkos, sigue la leyenda, el arca permaneció escondida por ochocientos años hasta que fue trasladada a la ciudad de Axum, donde se cree que aún reposa, en la iglesia de Nuestra señora María de Sión, custodiada por un sacerdote viejo y ciego.

Tomamos un pequeño bote para ir a las islas y mientras los motores avanzan río adentro, hipopótamos desmesurados nos saludan con las cabezas sumergidas en el agua, pelícanos extienden las alas y se dejan arrastrar por las olas, indolentes. Una vez en el muelle, es preciso caminar unos minutos tierra adentro, pues las iglesias suelen estar en las partes más elevadas de las islas. Allí, la vegetación es abundante y colorida: los pájaros vuelan emitiendo extraños sonidos, mientras lagartijas e insectos salen a curiosear. Los niños de las islas vecinas venden cruces y otros recuerdos a lo largo del camino. Al poco tiempo vemos, en un terreno alto y despejado, el techo de paja de la iglesia y lo primero en sorprendernos es su estructura circular. Preguntamos a todo el mundo, pero nadie puede determinar con certeza el origen de esta práctica: unos explican que su forma retiene elementos de la antigua simbología animista, otros lo asocian con prácticas de un judaísmo primitivo y endémico de Etiopía. En fin, nada concluyente.

La iglesia ha sido dividida en tres recintos concéntricos. En el primero de ellos, el más exterior, las paredes están cubiertas de murales con imágenes de Cristo, de San Jorge matando desde su caballo al dragón, o de la virgen María, por quien los etíopes sienten una especial devoción. Las pinturas llevan amarillos y verdes y azules vivos; en los ojos de los santos se percibe una fuerte influencia del arte copto y bizantino.
El sacerdote recita la misa en el segundo recinto, siempre de pie y dando la espalda al Sancta Sanctorum: un habitáculo oscuro y preñado de incienso, donde se guarda el elemento más importante del templo: una réplica del Arca de la Alianza. Es increíble constatar cómo este objeto cumple, hoy, en la iglesia cristiana etíope, una función similar a la que tuvo, hace miles de años en la tradición judía, cuando era adorada por sobre todas las cosas, en el Sancta Sanctorum del templo de Salomón en Jerusalén.

El padre Tadesse es el sacerdote encargado de esta iglesia. Es un hombre alto y delgado, lleva el cráneo rasurado y viste una bata blanca que baja casi hasta los talones. Camina descalzo por los pisos de bambú, mientras nos cuenta la historia de San Tekle Haymanot, quien perdió una pierna a fuerza de pasar siete años orando sostenido sobre ella. Nos explica la compleja simbología que esconden las cruces grabadas en el cetro que lleva en la mano y luego nos cuenta apartes de la singular historia de su religión, similar al cristianismo copto egipcio, pero con fuertes influencias judías y animistas. Mientras damos una última mirada a los murales, el sacerdote nos pide el favor de que le enviemos un par de zapatos talla cuarenta y dos.
Salimos de la iglesia atraídos por el sonido de un tambor. En un quiosco cercano los niños de la aldea reciben educación religiosa. Sentados en círculo en un piso de arena, baten palmas al ritmo de la música y repiten con su maestra viejas canciones, canciones que alguna vez aprendieron sus padres y los padres de sus padres.

lunes, 24 de enero de 2011

Harar

Vengo a Harar tras la sombra de Richard Burton y Arthur Rimbaud. Burton, un aventurero inglés, diplomático y traductor de Las Mil y una Noches, fue el primer europeo en entrar a la ciudad sagrada, a donde llegó disfrazado de comerciante árabe, recaudando información para trazar mapas detallados de Somalia y Abisinia. Rimbaud, después de abandonar la poesía y luego de largos años de errancia por las costas de Java y Yemen, se estableció en Harar y allí emprendió una próspera carrera como comerciante de armas y café. Ambos, hace ya casi dos siglos, caminaron estas mismas calles de piedra, durmieron bajo este cielo, se dejaron seducir por el encanto de esta pequeña urbe salvaje que, aferrada a las montañas de Chercher, mira la extensión inmensa del valle de Ogadén, las impávidas planicies, siempre a lo lejos.

Importante centro comercial y cruce de caravanas desde el siglo XVI, Harar es por muchos considerada la cuarta ciudad más sagrada del Islam, después de la Meca, Medina y Jerusalén. Algunas de sus más de ochenta mezquitas datan incluso del siglo X y fueron, en su época de mayor apogeo, sede de álgidas disputas teológicas. Harar fue durante siglos el foco de la cultura islámica en todo el cuerno de África, una ciudad en donde eruditos y poetas se congregaban en torno a la corte de poderosos sultanes que patrocinaban generosamente las artes y los estudios coránicos. Hoy, Harar es una ciudad de casi un millón de habitantes, la capital de la provincia de Hararge, y una de las principales ciudades de Etiopía.
Es de madrugada y en la calle solo están encendidas las luces de la estación de gasolina. El ladrido de los perros se intercala con la música de una discoteca lejana. Camino por la ciudad desierta hasta la puerta de Shoa, una maciza estructura que da entrada a la ciudad vieja, un colorido laberinto surcado por pequeñas callejuelas que en cada esquina atestiguan el legado árabe de la ciudad, su conexión con las culturas musulmanas de las costas de África del Este. Sigo la silueta irregular de la vieja muralla, desgastada y blanca, los techos de hojalata de las casas, todo en silencio ahora, bajo la noche adormecida.

En el día, esta misma puerta hierve de bulla y colorido, pues da entrada a uno de los principales mercados de Harar. Temprano en la mañana, las mujeres se apuestan en las calles con costales y grandes bolsas de chat, una hoja de sabor amargo y leve efecto narcótico que los hombres suelen masticar para mitigar el tedio de las tardes. Otras, sentadas alrededor de grandes canastas, venden injera, una suerte de tortilla hecha a base de teff, un grano local, y parte esencial de la comida etíope. Apostados junto a la puerta, adolescentes lánguidos parten caña de azúcar con cuchillos oxidados y la mastican con desgano.

Bajo por la calle atestada de mujeres de todas las edades, jóvenes, ancianas, niñas, todas vestidas con faldas de colores, con velos naranjas y amarillos encendidos, los rostros oscuros, los ojos lacios. Algunas venden verduras en improvisados puestos, apretujadas a lo largo de la empinada callejuela, extendiendo aquí y allá costales con pequeñas raciones de tomates, limones o cebollas. Otras suben y bajan cargando hatos de leña o palanganas de verduras en la cabeza.

La calle me conduce finalmente al Gidir Magala, el mercado central de la ciudad. Veo desde allí los colores blancos y verdes de la mezquita más importante de la ciudad, el alto minarete desde donde un par de altavoces invita a la oración del medio día. Hombres vestidos de blanco se detienen frente a las escaleras, se quitan los zapatos y entran a orar. Del otro lado, el mercado se extiende en torno a las carnicerías, unas modestas estructuras que delatan la influencia de la arquitectura india en la delicada cadencia de sus arcos. Adivino desde afuera los cuerpos rojos de las reses colgando en los aparadores, los enjambres de moscas, los perros hambrientos rondando las tiendas.
Decenas de águilas apostadas en los techos esperan el menor descuido para arrebatarles a las personas su compra. Veo en una esquina de la plaza a un grupo de mujeres de la etnia Oromo vender sus mercancías: madera, verduras, canastas, alfombras. Llevan vestidos tradicionales y elaborados collares de colores en el pecho. Un águila pasa volando sobre mi cabeza y me agacho instintivamente. A mi lado un niño me mira emocionado. “Faranyo”, grita entre risas antes de salir corriendo.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Chalok Lum

El pequeño puerto de Chalok Lum está ubicado al norte de la isla de Koh Pha-Ngang, en medio de una angosta bahía rodeada por montañas verdes y tupidas. Las playas, de una arena blanca y minuciosa, están salpicadas de corales y conchas de colores expansivos. El puerto no es más que una pequeña estructura de cemento de no más de cien metros de longitud que se introduce tímidamente mar adentro para encallar embarcaciones pesqueras y otras que llevan pasajeros a los lugares más apartados de la isla. En las mañanas veo las barcazas chicas abandonar lentamente la bahía para después perderse mar adentro, sus espigadas proas blandiendo el horizonte, adornadas siempre con banderines de colores para pedir la bendición de la diosa del mar. La hélice del motor trasero se extiende en un tubo largo que los pescadores maniobran con soltura mientras se van difuminando con el calor matutino, el vaivén de su sombra mezclándose con el recio fulgor del sol. Los barcos viejos, en cambio, esperan oxidados en el muelle, sus carcasas descoloridas a causa del salitre, sus mástiles rotos y podridos. Barcos que alguna vez ondearon corazas orgullosas enfrentando las lenguas iracundas de los mares del Sur de China y que ahora, ancianos, pasan sus días mecidos por la suave marea del puerto.

El sol en estas latitudes es tórrido y prolijo; la humedad anula la voluntad, suprime el juicio, ahoga el alma. Tirado en la hamaca de mi choza, veo a las jovencitas que trabajan en el pequeño restaurante del puerto esperar sin fe el arribo de algún improbable cliente. El polvo blanco del talco que se echan en los brazos y rostros para apaciguar el calor se adhiere como una manta translúcida a sus pieles morenas y contrasta con la oscura lascivia de sus alargados párpados. Comparten susurros en esa lengua thaí de enrevesados caracteres heredados de la tradición pali que los primeros misioneros budistas trajeran desde el sur de la India y el Ceilán, idioma de largas e impronunciables palabras, de tonos melifluos que recuerdan lejanamente la música del chino, esa suave algarabía que ahora escucho con los ojos cerrados, ajeno al significado de sus inflexiones, adivinando el sentido de sus silencios y sus risas. Nunca aprenderé esta lengua, pero intuyo que no es necesario, que es preferible inventar lo que dicen. Arropadas por la brisa del mar, cantan canciones alegres, comen guanábanas, se tiran entre risas las semillas, recogen flores del piso y les arrancan los pétalos indolentes, trenzan sus largos pelos negros, siempre al abrigo del horizonte azul y ondulante, a la sombra de las palmeras que siluetean fogosas en el cielo.

El budismo teravada

El budismo teravada es la religión oficial de Tailandia, a donde llegó, procedente del sur de la India, aproximadamente en el siglo sexto de la era común. A diferencia de la otra gran escuela budista, la mahayana, que se extendió por Tibet, China, Japón y Corea, el teravada encontró a sus fieles en el sur de Asia, en Ceilán, Burma, Tailandia, Laos y Camboya.

La escuela mahayana suele definirse a sí misma como “la vía mayor” y clasifica a la escuela teravada, no sin cierto desdén, como “la vía menor”, pues ésta última carece de la compleja metafísica que exhibe la primera, poblada de bodisatvas y complejos mandalas, elaboraciones posteriores que pretendieron ser una versión más perfecta y depurada del mensaje inicial del Buda. Sin embargo, esa austera simplicidad del teravada tiene un encanto particular y permite un acercamiento inicial más directo a las enseñanzas de las cuatro verdades fundamentales que Sidartha Gautama comprendiera, una madrugada, bajo aquel famoso árbol de Bodhi, tras siete años de intensa meditación.

La enseñanza radicalmente nueva del Buda consistió en el énfasis que puso en el ejercicio racional del individuo para comprender estas verdades que pueden llevar a todo ser humano, sin importar su casta, a la cesación de todo sufrimiento que es el Nirvana. Su mensaje es en apariencia sencillo, pero su consecución puede constar una vida entera: entender que el mundo sensible no es más que una ilusión y que sólo nuestro afán por aferrarnos a eso que creemos cierto genera y perpetúa nuestro sufrimiento, que existe la posibilidad de un distanciamiento y como éste puede llevarse a cabo por medio de la purificación de los deseos y de la superación de la comprensión del mundo por medio de conceptos. Dicho camino permite comprender la verdadera dinámica del cosmos y la cesación de aquello que ata al hombre al sufrimiento.

Pienso en esto mientras veo a los monjes vestidos en sus túnicas naranjas caminar frente a mí en silencio, conscientes de cada paso que dan, recordando siempre ese fin superior al que han dedicado sus vidas. Por más de dos mil quinientos años, monjes iguales a estos se han aferrado a sus tradiciones, rechazando cualquier idea de cambio con una tozudez ejemplar, empecinados en conservar la pureza de un mensaje que veía en la complejidad metafísica del hinduismo un impedimento para acceder a una prístina comprensión de lo divino, que creían en la necesidad de la no violencia, en el respeto a toda forma de vida, en la humildad y la pobreza como virtudes máximas. Pasa el tiempo y aquí siguen: sólo poseen un cuenco y una bata ajada; el universo entero les pertenece.

El mar de Andamán

Desde el momento en que abordamos el barco en el puerto de Surat thani, llega a nuestra mente, como un eco fortuito, la voz de Emilio Salgari, y ese arsenal de recuerdos, de viejas lecturas, historias de piratas legendarios que combatían con igual tenacidad a los invasores europeos, a los incansables tigres, a la incisiva inclemencia de los elementos. De la mano adusta de Sandokán visitamos por primera vez, hace tanto tiempo, estos mismos archipiélagos de islas imposibles que se alzan como montañas desquiciadas en medio de la nada, seguimos sus azarosas rutas por el Mar de China, atracamos en las costas de Java, de Borneo y de Bengala, siempre en compañía de duros mercenarios malayos y dayicos. Enfrentamos, por honor antes que oro, a europeos nunca tan fieros ni salvajes como nosotros. Soportamos naufragios y cautiverios, hambre y sed, pero también conocimos días festivos derramando lujuria en los labios de alguna cortesana.

Todo eso nos llega de improviso mientras miramos desde el barco los tímidos islotes que se adivinan a lo lejos. Entonces vuelve a asaltarnos la idea de averiguar la localización exacta de la isla de Mompracem, aquel refugio legendario del bravío rey de Borneo, ese que nos mostró por vez primera que el mundo no terminaba en Europa.

Cuántas historias esconden estos mares lustrosos, cuanta desmesura y ebriedad y codicia, ahogada por el tiempo en lo profundo de estos horizontes en apariencia apacibles. Ahora, mientras los cielos reposan serenos y el llanto de olas perezosas apenas salpica de agua la borda, buscamos las pistas que nos lleven a nuestros héroes de infancia: un viejo galeón encallado, una espada enmohecida, acaso un inservible y dorado catalejo. Nada. El paisaje, embebido en la contemplación de sí mismo, parece querer negar la existencia del pasado.

Y de repente algo nos revela aquello que venimos buscando. Grabado está en los rostros curtidos de la gente, palpitante en las lenguas de fuego que se adivinan sonoras en sus venas, gritando desde esos ojos raídos, cansados de mares y abismos. Pero no se trata de aventuras de románticos piratas; es la memoria del colonialismo europeo, con toda su herencia de racismo, odio e ignorancia.

Monasterio de Wot Kaw Tham

Perdido en una montaña, en medio de la isla de Kho Pha-Ngang, está el monasterio de Wat Kow Tham. Para llegar a él es preciso subir por una carretera irregular y empinada, rodeada por un bosque tropical de altas palmeras y bulliciosos insectos. Un anuncio te obliga a dejar la moto estacionada y seguir el recorrido a pie. Comienzas a caminar y no tardas en notar, entre las ramas, una humilde cabaña que se yergue sobre palafitos. Hay gallinas y a lo lejos se oye la voz de un radio mal sintonizado, quizá promocionando algún producto de belleza o tarareando alguna canción de moda. El sonido se difumina en medio del calor que emerge denso y húmedo de la tierra. Un pequeño perro sale ladrando a tu encuentro. Empiezas a ver, poco a poco, las pequeñas casas de los monjes, extendidas en los tendederos las telas naranjas emblemáticas del budismo teravada, los diversos altares con imágenes del buda y más abajo, una estupa dorada a la que se accede a través de un caminito de piedra cubierto de árboles, imágenes del buda e incienso. El silencio solo es interrumpido por el jugueteo ansioso de otros tres o cuatro perros que mueven su cola en torno tuyo. De repente, aparece un monje de lentes gruesos, te agarra del brazo y te conduce sonriente a través de un pequeño caminito cuesta arriba que conduce a un pequeño templo. Entonces se detiene, lo señala en la distancia y te insta a subir. Trepas con dificultad los empinados escalones y cuando finalmente llegas, la recompensa es inseperada: el golfo de Tailandia se abre generoso en la lejanía en un múltiple derroche de sol y colores. Montañas tapizadas de un verde salvaje bajan rocosas hasta las playas formando diversos acantilados y arrecifes. El templo en la cima de la colina es un pequeño recinto rectangular pintado de azul marino, abierto en tres de sus lados, en el otro, la imagen del Buda, dorado e impasible. Abajo suyo hay una pequeña barcaza de metal en la que arden varios palitos de incienso y algunas velas. No oyes siquiera el estallar de aquellas olas etéreas en la lejanía, no ves tampoco ese mar tapizado de turquesas. Todo aquí arriba es silencio.   

Koh Tao

Koh Tao, la más pequeña de las islas que emergen fugaces al occidente del Golfo de Tailandia, no tiene más de veintisiete kilómetros de extensión, pero su accidentada geografía ofrece un universo fogoso y sorpresivo. Tierra adentro, el terreno es empinado y agreste. Una selva tropical se aferra terca a las lúbricas laderas haciendo del verde un solo sudor vegetal a través del cual se cuela la voz plateada de los pájaros, el grito siempre extasiado del mico, el serpentear hipnótico de las culebras. Las palmeras erguidas, delgadas y solitarias, lavan sus hojas con la fuerte brisa de la tarde. El cielo se puebla de nubes y los animales extáticos multiplican sus chillidos. De pronto, como siguiendo las órdenes de una voz poderosa y suprema, la lluvia se derrocha sobre los árboles, las hojas reverdecen en el olor fecundo de la tierra mojada y la isla entera se entrega a una copula feliz con el agua, a la celebración de un nuevo comienzo en el ciclo inagotable del mundo.
Poco después, cede la tormenta y decidimos bajar al mar. No hay aquí arenas lánguidas que se derramen plácidas en las olas. Por el contrario, las playas rocosas bajan abruptas y se hunden en el agua creando un maravilloso festival de arrecifes, un ecosistema único en diversidad y color. El sol emerge lejano entre las nubes y derrama sus rayos sobre las aguas claras. Bajo el mar, la luz parpadea intermitentemente, siguiendo el ritmo elemental y poderoso de la marea. Poco a poco una variada fauna empieza a exhibirse: grupos de barracudas bailando al unísono; peces flauta alargados y translucidos; peces mariposa de cuerpos delgados y amarillos; ostras de labios carnosos y excéntricos colores, como si se tratara de abrigos de pieles o de boas disfrazadas, abriéndose y cerrándose con el mismo ritmo de las olas; peces payaso juegan entre las anémonas mientras otros más pequeños de un azul eléctrico picotean un coral que se abre redondo y verde como una lechuga. Súbitamente, en medio de este espectáculo animal, aparece a nuestro lado un tiburón. Aletea con soltura a nuestro alrededor mientras nos mira de lado con su ojo diminuto. Dejamos de nadar y observamos inmóviles la reacción del escualo. Cuando lo perdemos de vista, otro más pequeño aparece siguiendo la misma ruta del anterior, rodeándonos curioso, intentando descifrar si somos comestibles. Ambos animales nos dan varias vueltas hasta que finalmente se cansan y se alejan. Al parecer son bastante comunes en las costas de Koh Tao y son inofensivos, pero es imposible no sentir un miedo visceral al tenerlos tan cerca. Con el corazón en la boca, nadamos como podemos hasta la orilla.