En los días de agosto, cuando el verano alcanza su clímax, el calor abrasa la ciudad y hace el movimiento imposible. La temperatura comienza a caldear desde la mañana y cuando, al medio día, la urbe traspira exhausta, la gente regresa a casa y se deja caer en largas siestas, abandonándose a sueños densos de sudor y polvo. Son momentos en los que sólo cabe el hastío. El sol se yergue en el cielo y apaga el viento con su mudo aliento de fuego. Tomo el metro a esas horas y padezco el rigor incandescente del clima en medio de una fauna diversa y feroz que se agolpa sudorosa en los vagones cercando puertas y ventanas, oyendo impasible el chillido de los frenos cada que el tren se detiene. A través de las empolvadas ventanas veo los barrios de tugurios que florecen como jardines marchitos en medio de la ciudad. Niños sucios y joviales asomando sus cabezas desde ventanas diminutas, jugando con palos en callejones inundados de basura. Veo del otro lado la calle con su avalancha de conductores enceguecidos, y a lo lejos, como una visión, la cadencia minuciosa del Nilo, las felucas lamiendo con su quilla las lentas olas de plata.
La tarde cae cuando la cuarta llamada a la oración, a través de altavoces omnipresentes, recuerda a los fieles los deberes con Dios. Las palabras del muecín se elevan más allá del bullicio cotidiano buscando la gracia divina con desgarradoras melodías. Paso por una mezquita y veo la fila ordenada de cuerpos inclinados rezando a Alá en la intrincada lengua del desierto. Más adelante, una pareja de novios hablando a media voz, se pasea de la mano por la rivera del Nilo, perdiéndose entre la multitud que empieza a salir a las calles seducida por un viento fresco que disipa el sopor del día. Familias numerosas llenan los parques, y los jóvenes, riendo a carcajadas, caminan en grupos, fieles a la condición vital y gregaria de su estirpe. Curiosos y turistas, apostados en algún puente, siguen el curso de Nilo, el eco de su corriente en los altos rascacielos. Los coches inundan las calles repitiendo, con ensordecedora insistencia, las mismas canciones de moda.
Regreso a casa poco antes del amanecer y veo a un anciano vestido de blanco pasar en su bicicleta por la callejuela vacía como un mensajero del alba, auriga de madrugadas en las que una bruma tersa emerge del río y restituye a los viejos templos y edificios la marcial reverencia que en otro tiempo imponían. Las luces macilentas de los cafés iluminan todavía la silueta de hombres que juegan tawla rodeados por el olor denso y azul del narguile, un humo cansado que tarda en dispersarse y que los sumerge en el aura etérea de los sueños. Las primeras luces de la mañana anuncian lo que llegará con el día: el ruido lejano del tráfico llenando las avenidas, las diligentes madrazas con sus huestes de niños memorizando el libro sagrado, la diligencia febril de los trabajadores a cambio de un salario miserable. Comienza el día. El sol se yergue redondo en la distancia.



