jueves, 28 de mayo de 2009

Zanzibar


He imaginado una isla tropical en las costas de África del Este, el centro privilegiado de las rutas comerciales del Océano Índico, la sede espléndida del sultanato omaní. He imaginado sus altas palmeras, los cultivos de clavos, jengibre y canela, la espuma del legendario mar que surcaron los barcos de Simbad y Sandocán. He visto una ciudad de piedra, de casas altas que buscan la risa de las nubes, de callejuelas húmedas y oscuras, de balcones que se tocan entre sí, de ancianos negros vestidos con sombreros de colores que ven llover con ojos enormes y tristes bajo un techo de hojalata. He visto a un grupo de niñas veladas corriendo y gritando en una plaza, el sonido del llamado a la oración tapizando el fondo de sus risas. He visto una iglesia construida sobre lo que fuera alguna vez el mercado de esclavos, el sótano de mazmorras en donde gente hacinada y hambrienta era condenada a un destino atroz por la avaricia de los hombres. He paseado por un mercado magro, escaso de verduras y frutas; naranjas de piel tallada por el cuchillo paciente del vendedor, mazorcas azadas, tamarindo con especias moradas, pescados de vientre abierto exhibidos en una carreta vieja y podrida. Una negra enorme disipa las moscas que se amontonan alrededor de compradores que hunden los pies en un piso de lodo, cáscaras de fruta y vísceras frescas. Una música alegre llueve espesa de una vieja grabadora.
He imaginado el centro de aquella isla mágica, la generosa disposición de sus nubes, la intrincada topografía de un verde lúbrico y frutal, los ornamentados pájaros que sorprenden con su voz y con el viento almidonado de su vuelo. He visto un mar extenso como el cielo, el carnaval de barcos que siguen desde siempre la ordenada ruta del monzón transportando telas y porcelanas de Sind, intrincadas alfombras de Persia, puertas y baúles de Gujarat, sal, sándalo y teca de Abisinia, marfil y esclavos de la tierra de los zang. He imaginado una playa desierta en un atardecer con luna, tomando té de jengibre con mujeres festivas que visten kangas de colores y pasan el tiempo cocinando chapati y pescado para la cena. He jugado a interpretar sus diálogos, imaginando el canto chispeante y sonoro de su lengua, tejiendo historias imposibles con sus risas, dejandome atrapar por su conjuro sensual y divino.

Cairo



A menudo, cuando camino por sus calles atestadas de gente o cuando voy en un taxi destartalado que apesta a gasolina, cuando transeúnte, diluido en el calor, constato la desmesurada congestión de sus arterias, la polución y la basura circundante, me pregunto: ¿por qué el Cairo? Pero me basta ver alrededor para entender por qué me gusta vivir en esta ciudad caduca, polvorienta, fascinante.
Tantas lenguas se han conjugado en ella a través del tiempo, hay tantas historias abandonadas en sus callejones estrechos. Caminar por el Cairo es perderse en el tiempo, en una intrincada maraña de edificaciones coptas, fatimíes, ayyubíes, mamelucas, otomanas; mezquitas, tumbas y mercados de diferentes épocas se conjugan en las calles impregnándolas de una vejez inmemorial.
En el área conocida como el Califa está la imponente mezquita de Ibn Tulún, construida al estilo de la arquitectura abasí de Samarra, una de las pocas edificaciones que se conservan de aquella época dorada del Islam. Cerca de allí están los cementerios fatimíes y mamelucos absorbidos desde hace siglos por la ciudad. Macizas cúpulas de piedra blanca emergen con regularidad por entre la uniforme sucesión de techos ocres de los barrios populares. Se trata de los soberbios mausoleos de poderosos emires y sultanes en los cuales, fragmentos del Corán han sido tallados con delicada caligrafía. Un poco más al norte, en dirección al centro de la ciudad, se llega a los restos descomunales de un acueducto que se extiende desde el Nilo hasta el promontorio en donde Salah al Din ordenó construir la fortaleza que por siglos fue la sede del poder en Egipto.
En la cima de la montaña la mezquita de marmol que Muhammad Ali construyó siguiendo los cánones estéticos de la arquitectura otomana observa la extensión opaca y densa de la urbe, el ejército de minaretes que coronan su cielo.
El Cairo copto es un barriecito tranquilo de calles estrechas que alberga antiguas construcciones entre las que se cuentan una iglesia griega ortodoxa, una antigua sinagoga en donde a mediados del siglo XX se encontraron la importante biblioteca del Geniza o la mezquita de Ibn al Ass, primer templo construido a Alá en tierras africanas.
La mayoría de las iglesias allí pertenecen al culto cristiano ortodoxo autóctono de Egipto, tan antiguo como el cristianismo mismo. Una iglesia que hunde sus raíces en los antiguos cultos gnósticos y faraónicos que hace gala un rico arte que mezcla estilos autóctonos con otros grecorromanos y bizantinos.
En el centro de la ciudad los edificios siguen la moda de la arquitectura francesa del siglo XIX. Si se mira con cuidado la delicada ornamentación de las fachadas, se puede ver a las gárgolas, antes impasibles, soportar enloquecidas la marcha sorda de los coches, la naturaleza agreste de los conductores que parecen dominados por un instinto que ignora las más elementales reglas de la cordura.
Pero si los edificios son impactantes, la gente no lo es menos. Una ciudad en la que los hombres usan galabeyas largas y las mujeres se cubren con el velo. Está el negro niqab que tapa el rostro por completo y sólo permite adivinar la cadencia de unos ojos oscuros. Están las largas mantas blancas que se aferran como alas a la espalda y a los brazos robustos de las matronas. Hay velos que enmarcan el óvalo de rostros infantiles que aún no se acostumbran a los incómodos pliegues de la tela. Sí, hay velos tristes que anulan la risa con negros colores, velos cosidos con tedio que emanan un olor rancio; pero hay también velos ligeros como palomas, telas brillantes que parecen imitar la luz del sol, un festival de colores que se eleva con el viento y corona la cabeza de las jóvenes como un abanico de flores. Hay tantas voces en este intrincado símbolo que utilizan las mujeres musulmanas para afirmar su identidad.
En Cairo, el crepitar de las carretas de madera cargadas de melones o sandías se mezcla con el grito del hombre que compra cosas viejas, con el claxon de un lujoso automóvil anegado en un mar de gente, con las campanitas de los niños que visten bombachas turcas y caminan por las calles vendiendo jugo de dátil. A veces veo por la calle a los hombres de fe, barbas largas sin bigote, rostros adustos y una cicatriz redonda en la frente, al parecer como consecuencia del fervor con que se arrodillan a rezar. Sus esposas visten de negro y caminan con el rostro cubierto cargando a un niño en los hombros, llevando a otro de la mano, siguiendo a su esposo en silencio, en dirección al parque o al río.

El río y la luna

Lo primero que sorprende es el río. Una masa colosal en perpetuo movimiento que traspasa el país de sur a norte, cargando en su lecho las aguas que presenciaron el alba de la humanidad primera. Las suaves felucas, pequeños navíos diseñados especialmente para remontar la corriente del Nilo, juegan con sus velas y en su camino, río abajo, se dejan cortejar por el viento. Pero se trata de una corriente rebelde que de cuando en cuando se rehúsa a buscar el mar. Se embarca en una lucha perezosa, secundada por el vigor marino del viento mediterráneo que sopla cada diez días con singular disciplina, como si se tratara de un ritual arcano. Entonces se ve a las aguas zigzaguear y morder el casco de los barcos como culebras salvajes que intentan alcanzar de nuevo el abrigo de las montañas etíopes. El país entero, partido en su centro por esa herida verde que es el Nilo, presencia la lucha estéril de las aguas que se rebelan combativas y de su cansada derrota, del ritmo poderoso del cauce que las conduce a su irremediable destino mediterráneo.
Primero está el río y nada hay que cautive la atención del visitante con tanta fuerza como el compás de su corriente. Pero cuando el hombre se acostumbra a la marea eterna que fluye impasible a sus pies, alza la vista y encuentra la luna. La luna enorme del desierto que inventa cada noche un nuevo color para cautivar a los hombres que se dejan seducir por la vigilia. La lengua árabe cuenta al menos con tres vocablos para nombrar a la luna, pero sólo hasta verla emerger de improviso, en su llena monumentalidad o en su coquetería creciente, se llega a comprender la razón; se trata de una realidad tan compleja, que precisa de nombres diferentes. A su lado, las lunas verdes de las selvas de Yucatán parecen vanas copias, intentos fugaces de alcanzar una grandeza que sólo permite la vacía vastedad del desierto.

Alejandría

Ante res
Tengo sed de ver tus casas carcomidas por el salitre milenario, de escuchar las voces que se filtran por tus arrabales sinuosos, de contemplar a los marineros sacando su pesca vespertina en el puerto, de adivinar en cada esquina la sombra de Durrell o de Cavafis, de imaginar el faro que en su tiempo avizoraran Cleopatra y Herodoto. Tengo sed del calor mediterráneo de tu vientre, ausente de sombra. De tus playas llanas, asediadas por un mar de azules encendidos, de las incontables lunas que han vigilado tus noches desde que Alejandro soñara tus cimientos. Tengo sed de ver tu noche suspendida sobre bandadas de pájaros, pedazos azules de cielo intermitente.
In media res
Una sangre añeja se pasea cansada por tus calles. Como si los muertos se negaran a abandonarte, demorándose lánguidos en las aceras de las viejas casas, jugando damas en los cafés mientras ven pasar el ajetreo inútil de los vivos. Lo digo porque veo en los rostros que encuentro de improviso el placer orgulloso de quienes se han acostumbrado a la decadencia milenaria: la mirada exenta de queja, la memoria de la urbe tatuada con tedio en el rostro de los hombres. No prefiero a la ciudad imaginada, ciudad de leyenda que han tallado  los libros, voces de otro tiempo que regalan una imagen imprecisa, la vaga memoria de otros días. Ahora prefiero encontrar la ciudad  precaria en donde nada permite rastrear la grandeza pasada, prefiero constatar la primavera marina de su brisa, el olor dulzón de los narguiles, el tiempo detenido en la sombra de las calles.
Post res
Llevo en la memoria la vieja bahía, tapizada de fachadas descoloridas, la moderna y monumental biblioteca, las olas que pagan su tributo cotidiano en la playa. Vuelve con frecuenda a mi mente la sensación de haber estado en un lugar que ha dejado de creer en el tiempo. Alejandría lo ha vivido todo: el esplendor, la decadencia, el olvido. Se asemeja a esos ancianos cansados que no buscan más que un lugar distante desde el cual observar la miseria de los hombres. Alejandría no exhibe el triste frenesí que viven las urbes modernas. No se afana, tampoco espera. Aferrada a sus costas, observa en silencio y a veces habla con quienes se aventuran por sus calles en las frías madrugadas sin luna.

Ramadán

Ramadán es el mes sagrado en el Islam. Durante todo el mes, los musulmanes ayunan desde el alba hasta la llamada a la oración del atardecer. Si algo une a los diferentes países musulmanes, tan variados étnica y culturalmente, es la importancia con que asumen esta fecha. En Egipto, los festejos tradicionales islámicos se mezclan con otros más antiguos de raigambre copta o faraónica. Por eso, todos los egipcios coinciden en afirmar que no hay país que celebre el mes del Ramadán de una manera más original y diferente que Egipto.
Ramadán es el momento de la fiesta. Las calles se llenan de luces de colores, el trabajo se detiene, las familias se reúnen a menudo y rara vez se duerme. El ambiente el ligero y jovial. Los jóvenes se ven más alegres y las jóvenes aventuran sonrisas coquetas que ellos reciben, guardan y callan. Callan la lascivia, callan el odio, callan el rencor y la envidia, pues no sólo se privan de comer, beber o fumar durante el día.
En las madrugadas se oye pasar a un hombre golpeando un tambor e invitando con gritos a la oración primera. De cuando en cuando debe detenerse porque lo llaman desde la ventana de una casa acomodada para darle algunas monedas. En Ramadán, las expresiones de generosidad se multiplican, pues es bien sabido que todo aquello que de bien hagas durante el mes sagrado, te será devuelto por dos, por diez o incluso por mil, según los cálculos de los más optimistas.
Decir Ramadán es decir Fanuz, palabra luminosa, que da nombre a las lámparas de colores brillantes que se amontonan en las puertas de los almacenes como si fueran árboles del trópico o flores exóticas sembradas en medio del desierto.
Decir Ramadán es decir montañas de dátiles y de almendras, fanegas de frutas secas, de pistachos y de nueces, parte fundamental del ritual de la ruptura del ayuno.
Decir Ramadán es ver el hambre y la ansiedad en los rostros de los caminantes en las horas que anteceden al ocaso. Percatarse de la agresividad que las privaciones imponen en el carácter de la gente, del estoico tesón con que soportan el ayuno.
Decir Ramadán es caminar ante la imponente mezquita de al Azhar, primer centro cultural y académico del mundo musulmán y observar sus espigados minaretes, oír las más dulces voces invitando a la oración, los rostros contritos de la multitud que reza en su interior.
La ciudad se transforma y a pesar de las dificultades que impone el hambre, nadie quiere que el mes termine. En ningún otro momento del año está Dios más cerca de los creyentes y ellos lo saben. En sus rostros se adivina un brillo diferente, esa particular fuerza en la mirada que otorga el contacto con lo divino.

La mezquita de Hussein

La mezquita de Hussein, el hijo martirizado del Califa ‘Ali, es una de las más importantes y monumentales de Egipto. Al oír el llamado a la oración de la tarde, la romería de fieles se agolpa en las puertas, se quita los zapatos e ingresa a un lugar que se diferencia de nuestras iglesias en el bullicio y la vitalidad que en el mundo musulmán tiene el espacio sagrado. En la puerta de la mezquita, un anciano ciego reparte almizcle a cambio de unas monedas. Adentro, algunos hombres duermen en las esquinas mientras otros leen el Corán o escuchan hablar a alguien sobre la interpretación de los hechos del Profeta. Otros comen, charlan y ríen. De repente, un alma caritativa llega con una bolsa llena de camisas de algodón para reglar. Las deposita en el piso e inmediatamente, una horda de manos se amontona en torno suyo. Los hombres discuten y se pelean a gritos pero el altercado no molesta en lo absoluto a quienes se dedican a ejercicios más espirituales. Al lado del grupo enardecido, un anciano reza fervorosamente con un escapulario. Arriba los ventiladores se mueven acompasados y resaltan intermitentemente la belleza de lámparas.
A través de una pequeña puerta ubicada a un costado de la nave central de la mezquita, se accede a una pequeña habitación en donde al parecer descansan algunos restos del mutilado cuerpo del mártir Hussein. Al preguntar por el contenido del féretro algunos me dijeron que era la cabeza, otros la mano, los menos optimistas, sólo un dedo. Poco importa. El ataúd que se aprecia en la pequeña sala es enorme y está ricamente decorado con incrustaciones de plata. Los fieles se acercan y rezan con fervor o lanzan pequeñas ofrendas en agradecimiento por los favores recibidos.

El Nilo

El Nilo traspasa la ciudad de sur a norte y a sus orillas se aferra la ciudad temerosa del desierto. Por siglos sus habitantes han utilizado un elaborado sistema de canales que gana puñados de tierra de cultivo a las yermas extensiones que le rodean. En ese fértil corredor que sigue las sinuosidades del río, en esos diez metros tapizados de palmeras y de huertos, vive el hombre. Construye sus casas, trabaja la tierra, engendra a sus hijos, muere. El frío del invierno golpea el dorso pelado de las rocas en la intemperie pero no alcanza con la misma intensidad los remansos de agua que se alzan a la vera del río. Los árboles se sacuden al viento y regalan el sonido de su cobijo en las tardes de verano.
Porque en Cairo, quizá más que en cualquier otro lugar, la ciudad es el río que la habita, que delimita sus alcances, que dibuja a su antojo los contornos de la urbe. Antes de que el Nilo fuera dominado por la fuerza aplastante del ingenio humano, su curso cambiaba con entera libertad y con él la disposición de la ciudad entera, que no tenía otra alternativa a la de acoplarse a su ritmo caprichoso. Pero la enorme represa que Nasser construyó en los sesenta con capital soviético y con las ganancias del recién nacionalizado canal de Suez, apaciguó la furia de sus aguas y reguló la irrigación de los cultivos a lo largo de todo el país. Ahora, las aguas domesticadas avanzan y reflejan a su paso la imagen nítida de los altos rascacielos. No volvieron a verse los cocodrilos que antes llegaban al Delta en busca de comida.

lunes, 7 de mayo de 2007

Chiapas

Una atmósfera taciturna envuelve al estado más meridional de la república mexicana. Atravesado por selvas ingentes y montañas abruptas, la afirmación de la individualidad se hace aquí un ejercicio imposible. Todo es tan monumental, tan vasto, que los dioses otorgan la neblina en las tierras más altas para aliviar a los hombres la visión del infinito. Su manto cubre las distancias y baña los sembradíos de maíz que se extienden a lo largo de la carretera. Pero su abrazo puede ser letal. Si llegara a desbordarse sumiría los campos en una nada blanca. Por eso se siembra el maíz: para sostener la franja vital que separa a los hombres de los dioses.
Los maizales se yerguen perezosos. Como si la búsqueda del sol fuera una meta harto alcanzada. Una tarea milenaria que comenzara a cansarles. La distancia que los separa les ha obligado a gestar el sol en sí mismas. Astros diminutos abrazan el corazón de la mazorca y se hacen savia que nutre la sangre primera. El maíz, origen del hombre en la cosmogonía maya, cobija los valles, se hunde en las montañas, soporta el peso de la niebla, delimita la frontera entre la realidad y los sueños.
El cañón del Sumidero es un parque natural ubicado a doce kilómetros de la capital del estado, Tuxla de Gutiérrez. Es una gran depresión surcada por un río verde que roba su color a las tierras altas y arrulla el murmullo de los peces en las noches del valle. Las paredes que se elevan a ambos lados del río pueden alcanzar, en ocasiones, hasta un kilómetro de altura. Una vez allí es imposible no sufrir una sensación de opresión y de encierro, de pequeñez, de abandono. Los ocasionales cocodrilos que toman el sol en las riberas no ayudan a mitigar el fantasma de la soledad. Tampoco los monos que chillan ocasionalmente para constatar su desolada existencia.
La leyenda cuenta que a la llegada de los españoles, los indígenas de la región prefirieron lanzarse vivos al río desde las alturas del cañón antes que someterse al invasor. Es difícil concebir una imagen más desgarradora: cientos de cuerpos cayendo al vacío. Los gritos dispersos, las ofrendas rituales, el susurro de las oraciones finales, el caudal del agua arrastrando el recuerdo de su raza para siempre.
El cristianismo ha logrado implantarse con dificultad en la compleja mitología maya. Visitar la iglesia del pueblo de San Juan Chamula, cerca de San Cristóbal de las Casas da constancia de ello. Lo primero que sorprende es la cantidad de cirios encendidos a las imágenes de santos ubicados en los costados de la iglesia. Hojas de pino regadas por el suelo reemplazan las bancas tradicionales. Los feligreses se sientan en el suelo y rezan en lengua tzotzil al santo de su devoción. Entre tanto, toman gaseosas para inducir eructos que alejan a los malos espíritus. Detrás del altar la imagen de san Juan Bautista ocupa el lugar principal. Jesús está a su lado, un poco más abajo. Nadie supo explicarnos la razón de tan singular desplazamiento.
La iglesia de Santo Domingo en San Cristóbal de las Casas muestra también los rasgos de este sincretismo. Su fachada empieza a ser restaurada por primera vez después de siglos de soportar implantes y aditamentos. Poco a poco la labor paciente de los arquitectos descubre los contornos de los diseños primeros. El jaguar, animal sagrado para los mayas, abre de nuevo sus fauces, ocultas durante siglos por la melena de los leones imperiales. Retazos de Cuculcán, la serpiente emplumada, comienzan a evidenciarse debajo de las aparentes sirenas. Son símbolos vitales de una cultura que intentó ser silenciada pero que ha permanecido en los ritos de las gentes y ahora vuelve a hablar con la voz recia de las piedras.
Las ruinas de Palenque se erigen en medio de una selva monumental. Se trata de una de las ciudades más importantes del período clásico, cuando los mayas dominaban una parte importante de Mesoamérica. La dificultad que impone un terreno tan húmedo y tupido resalta los logros arquitectónicos de esta urbe llena de edificios colosales que parecieran emerger de la nada. Las estelas conservadas (monolitos enormes en los que escribían los hechos notables y los nombres de los gobernantes), destacan por su laboriosidad y armonía. La escritura maya fija en la piedra rostros de animales, figuras geométricas y complejas abstracciones. El resultado es impactante. Cientos de figuras cuentan la historia de un pueblo que alcanzó un desarrollo sin par en el mundo americano. A quienes ignoramos cómo descifrarlo, nos conmueve la precisión y la delicadeza de sus formas, la tenacidad y belleza con que fijaron su historia en el tiempo.

Oaxaca

Oaxaca se abre al mundo en medio de un valle que se regala generoso al cielo. Las primeras montañas se extienden mesuradas en la distancia guardando una cierta compostura ancestral. Ocultan con su tapiz las demenciales alturas que se elevan a lo lejos. Su terca simetría pareciera haber sido labrada por pueblos de otros tiempos, pulida con esmero en un intento fútil por suavizar el entorno. Lejos allá los altos picos que horadan las nubes y fraguan las tempestades del Pacífico. Lejos allá los abismos ululantes, las cascadas raudas, las selvas vaporosas, el mar. Acá, el valle apacigua el alma y otorga la posibilidad de una vida al abrigo del mundo.
Pero la naturaleza se revela ante la calma de aquellas laderas pardas. Las nubes, cansadas de cielo, imitan las más abigarradas formas de la tierra. Se derraman como espejismos premonitorios de un mundo contiguo, de una vorágine que amenaza romper un letargo con empeño cultivado. De la tierra emergen cactus con una furia por siglos represada. Metáforas de la lava ingente que hierve en sus entrañas, desuella los suelos rocosos y estalla en el aire petrificando las más variadas formas del fuego. Largos tallos solitarios adornados con flores cimeras, ramas circulares que desbordan la superficie de los tallos, anchas hojas que lamen el suelo con sus lenguas de púas.
El valle descansa en medio de una geografía turbia, cuna de más de una docena de etnias. Zapotecos, mixtecos, mazatecos, mijes, chinantecos y triquis, entre otros, han poblado por siglos el área con la geografía más variada de México. Resistieron como pocos el avance omnívoro de la conquista española pero con el tiempo la población fue diezmada, el grito silenciado, la honra macerada.
Fueron los monjes dominicos los primeros en llevar la fe de Cristo a estos pueblos. La majestuosa iglesia de Santo Domingo y el monasterio contiguo reflejan el ardor y el compromiso de los misioneros católicos con su dios. Una fe apasionada que alentaba grandes empresas pero que impedía, a su vez, comprender las creencias del otro. Las piedras enormes que sostienen la estructura afirman una terca voluntad de permanencia. Los retablos interiores, recubiertos de oro y cuadros gigantes imponen una magnificencia seductora, la propaganda eficaz que promovía al nuevo dios.
Pero la cultura popular se resiste a la imposición arbitraria de rituales ajenos. Los asume y adapta a su modo. Fiestas como el día de muertos o la Guelaguetza, evidencian la permanencia de ciertos valores y costumbres prehispánicas. Esta última, a pesar de ser una elaboración posterior (mediados del siglo XX), guarda ecos del folklore de otros tiempos. Cada año los diferentes pueblos oaxaqueños se dan cita para exhibir sus danzas tradicionales. La ciudad se viste con los más variados atuendos y baila al ritmo de los tambores, ebria con el gemido chillón de las trompetas. Cada región explota allí su singularidad, su derecho a existir, su particular manera de concebir lo bello.
Quizá es el mercado el lugar que mejor define a Oaxaca. El visitante pasea sus ojos por los bultos rebosantes de hojas de Jamaica, de saltamontes tostados, de cacahuates y chiles festivos. Las bolas trenzadas de quesillo contrastan con los moles oscuros, mezclas aromáticas adobadas con chocolate y un sinfín de especias. Las botellas de mezcal se suceden en estanterías inagotables. Gusanos, alacranes y hasta serpientes descansan en el fondo. Su veneno afirma el sabor del licor y da fuerza a quien lo bebe. Por todas partes pasan las mujeres vistiendo sus huipiles. Batas blancas adornadas con tonos vivos y figuras variadas que identifican su etnia. Se les puede ver en grupos, bandadas de colores que roban su destello a las frutas y a las flores. Sonrisas diáfanas, ojos rasgados y enormes. Una diversidad jovial que hace pensar en el sabor del paraíso.

Pero no todo es alegría, encanto, belleza. Oaxaca es uno de los estados más pobres del país y sus gobernantes han sido acusados por muchos años de corrupción y malversación de fondos. Desde junio de 2006, un grupo de profesores y líderes sindicales representantes de diversas regiones del Estado, se tomaron el zócalo de la ciudad para exigir una reforma sustancial en la asignación del gasto público y la renuncia del gobernador del Estado, Ulises Ruiz. Se hacen llamar APPO, (asociación popular de los pueblos de Oaxaca). Sus peticiones no han sido escuchadas. El gobierno en cambio, envió hace poco a la policía federal con el fin de neutralizar las protestas y reestablecer la normalidad en la ciudad. Pero el pueblo oaxaqueño se resiste a ceder. Los enfrentamientos se recrudecen cada día y la situación parece no tener salida. Se trata, no obstante, de peticiones justas de un pueblo cansado de ser explotado. Benito Juárez, presidente mexicano en el siglo XIX y uno de los principales líderes del país a lo largo de su historia, luchó por la equidad social y la reivindicación de los indígenas mexicanos. Él mismo era un indígena zapoteco nacido en Oaxaca y comprendió como pocos la necesidad de una política de estado justa e inclusiva. El respeto al derecho ajeno es la paz, es quizá su frase más famosa. Hasta los niños más pequeños la saben de memoria. Sin embargo, el gobierno actual parece haberla olvidado. La represión puede neutralizar las explosiones más evidentes de descontento, pero jamás apaciguará a un pueblo cansado de esperar.

lunes, 1 de enero de 2007

Marruecos

La gente

Es preciso comenzar con la gente. En Marruecos, la gente lo es todo. La magnificencia agotadora de los museos le es ajena. Los hay, claro está, pero se trata de elementos foráneos, piezas raras que encajan con dificultad en la atmósfera de las ciudades. Aquí lo más importante está en las calles. Cada transeúnte lleva consigo una impronta, una marca propia, un sello que lo distingue de los demás. Ayuda a la gran variedad de caracteres un mestizaje labrado con paciencia, a fuerza de haber sido siempre Marruecos un cruce de caminos. Infinidad de pueblos de los más diversos orígenes se congregan en la puerta de entrada al Mediterráneo: desde los beréberes, milenarios habitantes del país, hasta los árabes, que llegaron como un tornado desde el Este, pasando por los esclavos traídos desde los más hondo del continente, los judíos expulsados o refugiados de la barbarie cristiana, y todo tipo de paria, de forajido o desterrado se han dado cita en este lugar dando forma a una diversidad física enorme.
Aquí todo es sorpresa, encanto, repulsión. El anciano ciego que camina dando tumbos y golpeando con su báculo a todo el que se le atraviesa, mientras recita, con monótona insistencia, un versículo del Corán; la voz afectada, los sonidos altisonantes, la mirada perdida. La mujer beréber que, envuelta en sus mantas, deja adivinar tan sólo los ojos más azules que es posible imaginar y unos tatuajes en el rostro que la identifican como una mujer casada y advierten al caminante para que se abstenga de dirigirle la palabra. Las figuras altas y encorvadas, adornadas en su cenit con turbantes de colores vivos y brillantes que imitan los colores de las flores, y dejan entrever tan solo unos ojos adormecidos por el tedio. Las barbas largas que se adhieren a los rostros, bajan lánguidas hasta tocar los pechos ajados por el sol. Los sombreros cosidos con lanas de colores, ceñidos al cráneo como una prolongación de estos últimos, ornamentada y festiva. Las batas largas, de un blanco impoluto, que dan un aire docto a los hombres maduros y regalan prestancia a los jóvenes más imberbes, caminando juntas, como una procesión de espectros, en dirección a la mezquita o a la madraza. Las sandalias de puntas elevadas, regalo estilístico del lejano Afganistán, ejemplo claro del placer de los persas por la gracilidad de las formas y la tenaz insistencia con que buscan el cielo. Las carretas de frutas que avanzan perezosas por las calles tortuosas y ofrecen higos, melones, sandías, las más variadas clases de dátiles y aceitunas, abriéndose paso entre la multitud que atesta las calles al caer la tarde, cuando el calor se hace soportable. Las jóvenes de todos los colores posibles, que dejan su velo en casa y exhiben sus cabelleras con el mismo orgullo y desenfado con que mueven sus caderas. Los rostros adustos, pulidos por el sol y la arena, que miran desde los cafés en mesas coronadas por teteras de plata llenas de un té de menta que les ayuda a mitigar el paso de los días y las noches, inmutables. Las peleas callejeras, llenas de insultos, de gritos, de amenazas, carentes de golpes, de sangre, de agresividad; una suerte de gimnasia verbal que reafirma la masculinidad de los hombres demasiado cansados para entregarse al viejo ejercicio de los puños. El sonido seco, brusco, de una lengua ajena, que no logra aún ser descifrada, pero que, por lo mismo, nos permite concentrarnos en la cadencia de sus notas, en la variación de su ritmo, en el énfasis de sus frases. Los abrazos, las frases prefijadas, los besos de saludo, las explosiones súbitas de júbilo, las largas risotadas opacadas por la música que sale de las tiendas, que inunda las calles, contagia a los caminantes que en cualquier momento se vuelven danzantes y se entregan dóciles al ritmo que imponen los parlantes ensordecedores. Todo esto, pálido reflejo del espectáculo diario que ofrecen las calles en Marruecos. Ciudades vivas, frustradas, soñadoras, anhelantes, reprimidas, vibrantes, locuaces, densas.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

La espera.

Marruecos es un país que espera. Es un país detenido en la modorra de una siesta perpetua, de un tedio que adormece a las ciudades desde el momento mismo en que el sol comienza a fulminarlas con crudeza. Sus hombres, sentados en las mesas de los cafés, ¡cuántos cafés!, gastan el tiempo en silencio, mirando a la gente pasar, fumando un cigarrillo. Las mujeres caminan en grupo, apresurándose en las puertas de las casas, adentrándose en un mundo vedado para los hombres; las voces y sonidos que se filtran por las ventanas y otorgan otra faceta del hastío, detrás de las cortinas, del otro lado, allá donde se escuchan las risas y los susurros. La espera se yergue en los ojos de los caminantes, en las conversaciones de sus gentes, en la modulación de sus palabras. Una espera labrada por el tedio y la esperanza. Es una espera de dos caras, que revela el anhelo y la inocencia, pero que, al tiempo, dibuja rostros habituados al cambio, ahítos de los avatares de la historia. Ojos insondables que denigran del movimiento, de la voluntad, del deseo.

El recuento que Ibn Jaldún hace de los reinos e imperios, pretendidos y reales, la ambición de sultanes y visires, que ha hecho de África del norte un territorio tan cambiante, tan inestable, tiene una lógica interna que permite, incluso, predecir los sucesos que ocuparán el futuro. Ese tipo de certeza es perceptible en la manera particular de esperar que puede apreciarse en algunos marroquíes. Es el tipo de mirada que descansa en los objetos sin tocarlos. Mirada fugaz, etérea, que no se adueña de lo que ve. Mirada adiestrada en imágenes del pasado que regalan una forma plausible del porvenir. Esa mirada no espera, solamente está. Es la mirada de aquel que evita lo contingente a fuerza de saber el inevitable destino de toda empresa humana.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::


La llamada a la oración.



Cada ciudad se hace dueña de una particular manera de llamar a la oración. Algunas se esfuerzan porque sus voces salgan lentas y fluyan perezosas a través del megáfono. Otras prefieren el tono marcial, el canto brusco, la voz cortada que achica las palabras y les otorga la música del tambor. Hay ciudades que juegan con las palabras. Encojen unas y alargan otras sin seguir una lógica determinada, conforme a la voluntad y el ánimo del cantor. Voces cambiantes que regalan la altura de los minaretes y refrescan el llanto de los niños en las tardes de estío. Son ciudades que ríen con la misma facilidad con que lloran. Ciudades caprichosas que se asemejan a las muchachitas malcriadas. Ciudades para quienes la risa y el llanto son tan sólo expresiones distintas de las mismas emociones.
Hay ciudades, en cambio, en las que Alá es el único sonido diáfano en medio de una verborrea incomprensible, de una retahíla de ruidos roncos. Ciudades rectas de corazón pero cortas de palabras. Ciudades que dan la vida por una causa, por cualquier causa, pero jamás otorgan una explicación.
Hay ciudades en las que el canto imita aquello más próximo y cotidiano. Ciudades en las que sobra la imaginación por ser la realidad más vasta y compleja que las leyendas de los hombres o los sueños de los niños. Ciudades en las que la mezquita canta a Alá con el llanto de las cabras, el mugido recio de las vacas, el idioma incomprensible de las bestias, más caro, quizá, a los oídos de Dios.
Hay ciudades de montaña en donde el aire no conoce más que el aliento afilado de los acantilados, la voluptuosidad del viento que pule con el tiempo la faz de las rocas. Ciudades en donde nada es suave. Todo es parco, fuerte, claro. Ciudades que esconden la ternura bajo el disfraz de la aspereza. Su canto lo revela. Arropa con un candor sutil a sus gentes. Las cubre y las unge con su tenor lenitivo.
Es el canto de las ciudades que se filtra por las calles estrechas, por los socos atestados y encuentra su hálito en los altos minaretes. Regalan su voz primera en las madrugadas. Horas oscuras que nada más conocen el paso afelpado del gato, la plegaria de los hombres de Dios, el abrazo de los amantes furtivos. Pero su voz alcanza su más estilizado aliento bajo el sopor de la tarde, cuando las gentes reposan bajo los techos de las casas y el sol es la única presencia fija en el horizonte. La voz de las ciudades se alza entonces solitaria y llena los corredores, las habitaciones de las mujeres, los patios de fuentes secas, las palmeras inmóviles.
Detente caminante y escucha. Son las ciudades que gritan, desde tiempos inmemoriales, esculpen el perfil de sus habitantes y adquieren, con empeño, una voz propia. Un canto curtido por los años, afinado con cuerdas invisibles que atraviesan las calles de las medinas. Arpegios tenues que revelan el carácter de cada lugar, lo dotan de un aura fina, precisa. Son las ciudades que reclaman sus rostros, que los definen en una urdimbre de sonido y piedra.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Fès.

Observar a Fès, desde el gran promontorio natural que se yergue al sur del cementerio es como ver a una ciudad hecha de agua, una ciudad que es río y que baja turbulenta en voces encontradas, en historias dispares, en pasado espléndido, en presente decrépito, montaña abajo, con todo su arsenal de casas altas vestidas de ventanas diminutas a través de las cuales la luz no osa aventurarse. Ciudad blanca, cuarteada por el abrazo continuo del sol.
Ciudad de minaretes esbeltos que ofician como mástiles y dirigen la embarcación en su caída perpetua. Pero, al mismo tiempo, la ciudad se revela y se adhiere a la montaña. Se baña en sus aguas pero se resiste a su fluir, extiende sus puentes y calles sobre las salientes de la roca, terca araña que enfrenta los embates de la corriente que pretende borrarla de la geografía de aquel valle abierto y luminoso.
El agua llega a Fès y ahí se hace danza. Baja por las calles cargada de basura, se derrocha en los grifos de las fuentes que nadie se ocupa en cerrar. Lava las aceras en atardeceres mansos en los que el polvo es el único que se aventura más allá de los zaguanes. El agua purifica a Fès en todo momento, pero esta ceremonia de higiene religiosa, más escrupulosa que el ritual de la oración, devora poco a poco a la ciudad, la enajena de sí misma, la hace otra, más limpia, quizá, menos ella.
Pero la ciudad ruinosa se resiste a perecer. Cada día renace recubierta de una gloria caduca, de una sabiduría pasada, que le permite resistir, digna, el embate constante de la purificación.
Habrá un día en que amanezca y aquello que era Fès habrá desaparecido. Sus habitantes se levantarán en la mañana y constatarán sin asombro lo que ya habían previsto. El agua bajará con otra cadencia. Otras músicas adornarán las piedras mustias, los árboles solitarios de las riberas. Fès será un recuerdo. Una ciudad inventada con trazos de memoria y leyenda.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::


Kairouan.

La mezquita de Kairouan encierra tantos misterios como tiene el hombre capacidad para inventarlos. Su historia se bifurca, se multiplica, según el capricho de cada persona. Cada quien la modifica, la expande o la contrae a su antojo. Se trata de un ejercicio de ecústica[1], conseguido a lo largo de siglos de terca labor. Alguien dijo una vez que aquel que llegara a contar la totalidad de columnas que sostienen su cúpula, enloquecería.
Su biblioteca llegó a albergar en su momento de mayor extensión algo más de veinte mil volúmenes. Cuántos de ellos persisten hasta ahora es un secreto que sólo algunos logran desvelar. Los cristianos no tienen acceso a la universidad y la ciudad de Fès es tan compacta que apenas puede seguirse el curso de sus muros a lo largo de las callejuelas que la rodean.
Imagino a los viejos ulemas recorriendo con cuidado los pasillos atestados, comprobando con minucia la presencia de cada incunable, acariciando los lomos rugosos de piel de cordero, abriendo sus páginas descuadernadas, consultando las iluminaciones de colores difusos que regalan la historia de reyes depuestos, dinastas oscuros y visires ambiciosos. Borradas sus señas por el tiempo, los rostros anónimos descansan sobre caballos de ojos encendidos, el cuerpo erguido, la espada blandiente, el rostro impertérrito. Buscan en ellos la huella de lo eterno. A través de los rasgos de un pasado cambiante, intentan descifrar el germen de lo permanente. Sus ojos repasan los caracteres tantas veces conocidos, los pasajes memorables, las batallas gloriosas. Imagino la manera particular como la noche entra en los salones, inunda las repisas, se hace más densa, transparente.
Es entonces cuando las velas adustas rondan los corredores, roen los estantes, expurgan las páginas decoradas con letras generosas que se expanden con la misma facilidad que se contraen. Los ojos vacilantes, la cera quemada, el polvo que se asienta buscando reencontrar el reposo perdido. Cuando el cansancio adormece la curiosidad y los rumores de la ciudad se hacen murmullos, regresan en silencio a sus estancias. El día siguiente los aguarda. Otras páginas esperan el abrazo memorioso de sus dedos.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Marrakech.


Marrakech amanece a la sombra de montañas que en invierno se ocultan bajo una capa de nieve. Nevados que vigilan en lontananza el paso inclemente de los años, el grito aguerrido de los hombres, las conquistas, la victoria, el lujo, la derrota. Montañas altas que guardan en su seno la sangre de tantos que han muerto por conquistarlas.
Todo lo demás es valle. Las planicies se extienden hasta que el ojo y el calor deforman el horizonte. Salvaguardada por los Atlas, la ciudad se yergue segura, al abrigo del desierto. Puerta de entrada al gran Sur, desde allí se emprendieron grandes campañas que intentaron sojuzgar a los pueblos tercos del desierto. Todas estas empresas, de un modo u otro, fracasaron. Pero dejaron su huella. Una impronta que se ve en la fisonomía de las gentes, en el furor encontrado de las voces, en el calor pesado de sus calles. Hay allí un poco de todo y el andar convulso de la ciudad así lo testimonia. Su mercado es el más grande y abigarrado que puede verse en Marruecos. Es, a su vez, el más triste y anónimo. Allí se dan cita los artesanos de las costas de Safi. Sus cerámicas decoradas con motivos diseñados según los caprichos del mar, regalan las voces de las olas, el grito hondo de las gaviotas. Los marroquineros de los pueblos de las montañas con sus hileras interminables de zapatos, de cinturones, de bolsos, siempre iguales. El olor de la piel de cabra inunda las repisas improvisadas a lo largo de la calle. El ruido ronco de las máquinas que moldean el metal. Los hombres de manos negras, acostumbradas al tacto del hierro. Las lámparas exhibidas, orgullosa culminación del oficio. Los vitrales que cuelgan de los techos y regalan nuevas perspectivas del color con cada rayo de luz que se cuela por las tejas. Las alfombras tejidas a mano, desplegadas y enormes dibujan signos mágicos, talismanes beréberes que alejan el mal de ojo al tiempo que visten las paredes. Los ancianos que zurcen con cuidado las jellabas, adornan sus cuellos y mangas con figuras rizadas que imitan la grafía de los noventa y nueve nombres de Alá. Los cuernos de almendra, las donas en miel, los mazapanes que ofrecen las mesas azotadas por la caterva de moscas que el vendedor intenta repeler con movimientos constantes e infructuosos. Los joyeros recelosos que aguardan algún cliente improbable, oscuros en tiendecitas diminutas, en donde esconden tesoros de plata, obras maestras de orfebrería que a nadie enseñan y se contentan con observar al medio día, cuando la luz penetra directamente en el mercado y baña las calles limpias de gente.
Las farmacias que venden el jabón negro, capaz de aliviar el remordimiento y las esencias naturales que cortan los resfriados y ahuyentan a los malos espíritus.
Pero la noche regala a Marrakech su don más precioso. Cuando la luna surge detrás del minarete de la Kutubia y el humo de los puestos de comidas que atiborran la plaza de Dja el fna, la ciudad adquiere un tono de irrealidad, un aire festivo y teatral que sumerge al visitante en una vorágine de sensaciones que le impide apreciar con detenimiento lo que sucede a su alrededor. Es entonces cuando la música improvisada de algún grupo callejero oficia como guía y conduce a los incautos en una caravana desenfrenada de olores, ritmos, sabores y texturas. Las altas horas de la madrugada sorprenden a la luna en su cenit. El humo se ha disipado. Los domadores de serpientes, las mujeres que adornan los cuerpos con hena, los cuenteros ambulantes, los vendedores de pócimas, guardan ya sus cosas. Algún músico prolonga la velada con una lenta canción que sale de su mandolín. El silencio se apodera de los momentos perdidos y la noche adquiere su verdadera dimensión. Lejos aún la mañana que descubrirá los restos de lo que ha sido el carnaval, lejos aún el calor del sol que purificará sus pecados nocturnos. Cada día Marrakech aguarda adormilada la llegada de la noche, espera el crepúsculo para vestirse de nuevo de lo que alguna vez fue y deleita, con sus trajes raídos a los visitantes que vienen en busca de esa embriaguez sutil de los sentidos que algunos gustan de llamar Oriente. Marrakech se disfraza cada noche y al hacerlo, alcanza su esencia más pura, esa que se le escapa con la claridad del día; el día claro que embota los sentidos más finos y define con nitidez la naturaleza de las cosas.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::


Sahra.



Nada hay en el desierto. Nada. Sólo el silencio contempla taciturno el movimiento acompasado de la arena, sus formas caprichosas, las colinas mutables que el viento moldea a su antojo. Alguien dijo una vez, que el desierto sólo puede gustar a los locos o a los profetas. Ambos, es claro, están más cerca de Dios. La deslumbrante monotonía que regala el entorno invita a la reflexión. Pareciera que la brutalidad del paisaje golpeara al hombre y lo obligara a esconderse en sí mismo. El cielo desnudo de nubes dicta la norma, y ésta, mientras el sol dibuja su trayectoria por la bóveda celeste, no es afable. Pero la crudeza de la realidad conquista allí las formas más claras de la belleza. Imperturbada por aditamentos vanos, se regala allí, diáfana. La dimensión del vacío y el vértigo que produce la sensación de infinito, constatan que sólo el desierto es capaz de engendrar profetas.
Nada hay allí y, sin embargo, el misterio que encierra la ausencia empuja al visitante a extender su visita. La noche llega acompañada de tormentas que se disuelven pronto, dando lugar a una claridad apacible. La oscuridad se instaura en el desierto como una orden marcial; se hace su dueña. Las palabras se enredan en la garganta cuando intentan salir, pero el cuerpo gana en ligereza. Si la luna está presente, dirige la operación y no se emite el menor ruido. Cuando descansa, las estrellas juegan a lo lejos, pero se trata de un juego mudo, casi imperceptible. El desierto se esculpe a sí mismo a fuerza de acumular silencio. Allí, el sonido, es una imposibilidad. Su voz se hila con ausencia y arena. Es una voz suave, un murmullo. Basta callarse para escucharla.

Llegamos a la aldea a las cuatro de la tarde. El sol todavía abrasaba y pocos se aventuraban a ir más allá del pórtico de sus casas. Algunas mujeres vestidas de blanco caminaban juntas. El ébano de sus rostros resaltaba la blancura de sus prendas. Bajamos del carro. Una muchedumbre de niños se nos acercó con curiosidad. Mientras los saludábamos nos dirigimos a una casa en medio de la villa. Allí nos recibió Muhammad. Es un hombre joven, ancho de brazos aunque no muy alto. Tiene una mirada tranquila y una voz tan suave que es necesario acercársele para escuchar lo que dice. Nos hizo pasar a una habitación en donde, poco después, nos sirvieron té y galletas. Otros jóvenes entraron en la habitación: Abdul Asis, su primo y Rashid, su hermano menor. Eran quienes hablaban francés y los únicos con los que podíamos entablar una conversación. Nos hablaron de sus proyectos, del grupo de música gnawa, de la asociación que crearon para el bienestar del pueblo, del matrimonio que iba a tener lugar aquella noche.
Muhammad ocupa casi todo su tiempo entre la música y la educación de los jóvenes de la aldea. Cuando no está tocando con los “pigeons du sable” está en la escuela con los niños. “Invierto todo el tiempo que puedo en su educación. A veces puedo pasar hasta todo un día con ellos. Usualmente son ellos los primeros que se cansan”, dice entre risas.
En la noche, visitamos a los hombres que iban a contraer matrimonio. Todos estaban vestidos de blanco. Esperaban en una habitación pequeña mientras tomaban el té y comían pastelitos. Sus futuras esposas estaban afuera recibiendo la romería de mujeres que se acercaba a felicitarlas. Sus trajes eran de colores y vestían unos sombreros altos que se bifurcaban a la manera de cuernos.
En el centro de la plaza un grupo de hombres y mujeres con los rostros velados seguían una danza en la que se adivinaban los rasgos característicos del cortejo. Ambos, separados y divididos en dos filas, se acercaban y alejaban al ritmo de los tambores.
Al momento de la cena, las mujeres esperaban, sentadas en alfombras dispuestas en los antejardines de las casas, a que los hombres terminaran su cena para comenzar a comer. Es una tradición que se observa incluso en la cena más cotidiana y que parece no incomodarlas. El ejercicio del feminismo aún no llega a su aldea.
Toda la noche la pasamos en medio de la música. La gente se turna para tocar los tambores en honor a los recién casados y los cueros de los tam tams imponen el ritmo de las primeras luces del alba. El día se impone finalmente y los danzantes exhaustos se detienen para descansar. Es necesario dormir porque las bodas duran varios días y es indecoroso abstenerse de celebrar.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::


Imilchil.

Hay un pueblito en las montañas de los Atlas, a tres horas de distancia de Tinehir, al Sur Este del país, que se llama Imilchil. Es famoso porque a finales de agosto o principios de septiembre se lleva a cabo una feria matrimonial, en la que las mujeres jóvenes llegan de todos los pueblos cercanos para escoger a sus futuros esposos. Hassan, el beduino, nos contó el origen de esta insólita celebración.
Antes existía una rivalidad muy antigua entre dos tribus de la región debido a la escasez de agua y a los problemas para su consecución. Un día, la hija de una de las tribus pidió a su padre permiso para casarse con un joven de la otra tribu, a quien amaba. Tanto el padre de la muchacha como el del joven se negaron a aceptar este matrimonio. Los jóvenes, desesperados, subieron cada uno a una montaña, desde donde comenzaron a llorar sin consuelo. Al cabo de un tiempo, las lágrimas de ambos comenzaron a bajar hasta un valle cercano y formaron un lago inmenso que dotó de agua a la comarca y zanjó las disputas entre las tribus. Los padres, contentos, otorgaron su permiso para el casamiento y los jóvenes pudieron vivir felices por el resto de sus vidas.

El relato es tan sólo el abrebocas y la excusa para que cada año se agolpen allí jóvenes de todos los pueblos circundantes en busca de una pareja. Rostros claros, limpios, joviales, que miran con timidez y deseo. Ya no hay necesidad de llanto. Todos ríen y se buscan mientras bajan por las calles de la mano con sus amigos. La música anuncia el comienzo de la ceremonia. Las mujeres toman la delantera; ahora son ellas las que eligen.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Escritores.

África guarda en la memoria de las gentes la sensación de lo inhóspito y de lo inagotable. Es el gran continente, que con sus desiertos tantas veces narrados, sus sabanas pobladas por las más variadas especies, sus selvas que guardan las almas de todos sus aventureros, evoca una sensación de inmensidad que sobrecoge al hombre.
Todo aquel que llega hasta allí va en busca de un sueño o intenta borrar un pasado. Cada cual, a su modo, esconde algo que busca olvidar en medio de la exhuberancia inclemente. Aquí se llega para empezar de nuevo. La esperanza, sin embargo, no consuela a quienes fondean en sus costas con el ánimo de quedarse. Se trata más bien de una necesidad animal, de un tedio labrado con mesura en sociedades que se han deshumanizado. Se trata de un grito que pretende constatar la humanidad adormecida, la intuición de una vida latente. O quizá se trata del abrigo que se ofrece en su seno. Hombres de las más oscuras procedencias llegan para evadir el acecho de la justicia o, peor aún, de la conciencia. África ofrece para ellos la última frontera. El lugar donde nada, por fantástico que parezca, deja de ser plausible.
Pienso en los escritores que la han morado y en las disímiles razones que los han empujado hasta allí. La imagen que se impone con insistencia es la de Arthur Rimbaud. Abandona todo: en especial las letras. Éstas no han logrado transmitir aquello que lo embarga. Cruza el África en dirección a Adén. ¿Quién es este hombre, en otro tiempo poeta, ahora traficante de armas, siempre fiel a su espíritu iconoclasta, a una necesidad que escapa de lo corriente? ¿Qué empuja a lo salvaje a quien en sus versos denunció el salvajismo endémico de sus compatriotas? La naturaleza es más fuerte que la voluntad y castiga a quien contradice este axioma.
Un poco más atrás del genio, se asoma aquel que nunca lo fue, aquel que debió labrar su talento a fuerza de duras jornadas de trabajo, aquel a quien Sartre tildó de idiota y cuyo retrato denuncia un espíritu más dado a la glotonería y los placeres cotidianos que a la reflexión o a la introspección. Gustave Flaubert viajó a Egipto para despejar su mente luego de constatar amargamente que su primera novela era un bodrio. Regresó de allí no sólo con los ambientes para Salambó y La tentación de San Antonio, sino también con una sífilis que lo habría de acompañar por el resto de su vida. Dejó algo allí, pero no regresó vacío. A partir de entonces su escritura cambió y encontró una vía que le permitió, con el tiempo, alcanzar las cimas de su Madame Bovary o Bouvard et Pécuchet.

Albert Camus no huía de nada cuando llegó al África. Aunque por momentos pretendió y creyó haberla olvidado, la soledad que impone el desierto estaba ya de antemano instalada en su alma. Su madre dio a luz un hijo el siete de noviembre de 1913 en la ciudad de Mondovi, Argelia. Camus dejaría su patria por Francia, pero ese vacío iría con él a todos lados. Quizá nadie haya descrito el desierto con la sobriedad con que él lo hizo en los ensayitos titulados el verano. Y es que África estaba en su sangre tanto como en su voz. En él, la arena y el cielo, el silencio y el letargo son la norma. Es posible rastrear el sonido de las olas en las playas de Orán o el ímpetu pausado pero seguro del viento en la cadencia de su prosa.

Paul Bowles llega a Tánger para quedarse. No son pocos los que afirman que fue su manera de ocultar su nunca aceptada homosexualidad. La ciudad lo abrigó en su seno y le amó como a muchos otros, pero, para él, fue ella siempre única, incomparable. No buscaba Bowles en Tánger más que un rasgo de humanidad y supo encontrarlo en la manera como en ella convivían diariamente la corrupción y la devoción, el vicio y la piedad, el lujo y la miseria. La vida de Bowles es una oda de amor a Tánger, cada rutina perpetuada, un beso robado. Sublimó su amor en Tánger y ella, dicen algunos, supo corresponderle.

Se podría decir que el periplo de Elias Canetti es un viaje lingüístico en busca del origen. Su vida no fue otra cosa que un trasegar de lenguas, un cuestionamiento continuo por Su Lengua. Bulgaro, ladino, inglés, francés, hebreo y sobre todo, alemán, son las lenguas por las que el joven Canetti trasegó, inocente en un comienzo, y que desencadenan luego una reflexión continua sobre la lengua y el lenguaje. Pero es su viaje tardío a Marruecos el que determina el encuentro con sus orígenes y con la eterna oralidad, desde siempre olvidada. Su abuelo había sido un judío sefardí que aún hablaba el ladino. Allí, cada esquina evoca su recuerdo, cada cuentero callejero reproduce los gestos y la voz del anciano. Se deja seducir por la potencia que ofrece la poesía de una lengua que ignora, pero que siente íntimamente cerca. Son las voces semíticas que anidan en su pecho y que no hacen distingos de creencias, pues obedecen a un impulso anterior, a la vez humano y divino: la voluntad de nombrar.

Para Antoine de Saint Exupery, el cielo era el lugar más anhelado. Lejos de los hombres de una época que decía odiar, el cielo lo abrigaba del bullicio necio del mercado. Sólo una cosa rivalizaba con el cielo: el desierto. Y para él, no hubo nunca nada mejor que sobrevolar el Sahra. Era como encontrarse en la frontera entre dos infinitos, atento traductor del diálogo entre dos soledades. La sencillez y profundidad de su prosa atestiguan que fue un atento amanuense. La continuidad del paisaje y la monótona cantinela del motor impusieron en él un tono acompasado y austero. Visitó muchos lugares, desde Rusia hasta la Patagonia argentina, pero siempre tuvo que regresar. El desierto lo llamaba como a pocos.
Se trata acaso de un hombre o de un dios pagano que irrumpió con toda su fuerza en el mundo de los hombres y que aún ahora, a más de cuarenta años de su muerte, no deja de asombrarnos. Ernest Hemingway lo hizo todo y de la manera en que quiso. Llegó incluso a elegir el día de su muerte. Una fuerza interior que no parecía humana lo empujaba. No era un hombre, era un volcán, se dijo una vez. Y los volcanes no piensan, actúan. Su trashumancia no obedece a otra cosa que a la voluntad expresa de ser pura acción. El pensamiento estorba a quienes conocen de antemano las reglas del juego. Y en África encontró aquello que buscaba. Allá, el verbo actuar se conjuga siempre en presente. Nunca fue más feliz que cuando, al abrigo del mundo, perdido en alguna sabana, jugó a ser hombre.








.


[1] Por ecústica se entiende un efecto, mezcla de eco y acústica que, además de repetir lo enunciado, lo expande y multiplica.
Powered By Blogger