martes, 17 de agosto de 2010

La mezquita omeya

Esa mezcla apabullante de credos y culturas, esa amplia amalgama de estilos artísticos, materiales y técnicas que es Siria, se combinan, se entrelazan, se complementan como en ningún otro sitio, en la gran mezquita omeya de Damasco. Lugar sagrado para todos los que han habitado allí desde tiempos remotos, fue templo al dios Hadad, señor del cielo y de la lluvia entre los arameos, templo a Júpiter bajo la égida romana, basílica de San Juan Bautista en tiempos bizantinos. El edificio que ahora se visita data del siglo VIII e.c., cuando el califa omeya Al Walid, ordenó su construcción sobre la iglesia que todavía utilizaba la comunidad cristiana de Damasco.

Comenzamos a caminar por el bazar de la hamidiya, una calle empedrada que desde la época romana conducía al templo de Jupiter y que ahora es un popular mercado del centro de la ciudad. En los diferentes almacenes se exhiben elegantes joyas, velos y alfombras, mientras que los vendedores ambulantes, apostados a ambos lados de la calle, derraman sobre sábanas y mantas cualquier variedad de baratijas chinas. Es una calle vital, desbordante de gente que se pasea en familia comiendo tradicionales helados de pistacho y almendras. La calle desemboca en una amplia explanada en donde se pueden ver, en primer plano, los restos de las colosales columnas que alguna vez dieron entrada al templo romano. Los vendedores se agolpan de las columnas ofreciendo ejemplares del Corán, rosarios, incienso. En frente, colosal, reposa la imponente mezquita. Tres minaretes la coronan, cada uno siguiendo un estilo arquitectónico diferente: uno de ellos es conocido como el minarete de Jesús y es leyenda que el día del juicio, desde allí mismo, bajará el nazareno a impartir justicia entre los mortales. No se trata en modo alguno de apostasía. Jesús es uno de los veinticinco profetas mencionados en el Corán y los musulmanes lo tienen en gran estima.

Adentro de la mezquita, el espectáculo es indescriptible. La sala de abluciones, un patio enorme de más de cincuenta metros por veinte de ancho, está rodeado por paredes decoradas en su totalidad por mosaicos de colores. En uno de los costados se aprecia la imagen de un Damasco antiguo, el curso del Barada dejándose llevar bajo puentes blancos, serpenteando a orillas de casas altas de piedra y árboles en los que cuelgan frutos frondosos. Muchas de las columnas que hoy en día sostienen las bóvedas exteriores del edificio pertenecieron en su época al antiguo templo romano y están rematadas en su cima por elaborados frisos, pero otras están hechas en mármol con variados mosaicos incrustados a la piedra.

Es viernes en la mañana, antes de la oración del medio día y la mezquita está llena a reventar. Casi todas las mujeres visten de negro, andan en grupos cargando niños o se sientan en grupos a lo largo de los espaciosos corredores que rodean el patio central. Ulemas impecablemente vestidos pasean sus enormes turbantes con aire docto mientras dirigen a los grupos de peregrinos iraníes que se agolpan en torno a la entrada del recinto sagrado en donde reposan los restos de la cabeza del Imam Hussein, nieto del profeta Muhammad y una de las principales figuras del Islam chií. Adentro, el féretro está recubierto con tela verde y con letras grabadas en hilos blancos y brillantes. Los fieles se agolpan en torno suyo, tocan los barrotes que los separan del mártir, insertan billetes y monedas, oran o lloran en silencio frente a uno de los íconos más emblemáticos de su fe.

De pronto, la llamada a la oración se expande como una mansa lluvia desde los tres minaretes. Algunos se acercan a la pila de abluciones, otros buscan un lugar apropiado para extender su alfombra en dirección a la Mecca y comienzan a orar. Contrario a lo que cabría pensarse, no hay silencio. Mientras un piadoso se arrodilla repitiendo entre murmullos alguna azora del Corán, familias enteras comen frutas entre risas y los niños persiguen ruidosas pelotas de colores. Un anciano ciego repite sin cesar el nombre de Alá y lleva la cuenta con un hermoso rosario de piedra verde. Una anciana descansa a su lado con la mirada perdida. A su lado, algunas monedas brillan sobre un pequeño pañuelo cuidadosamente dispuesto en el suelo. En el otro extremo del patio, un grupo de mujeres escucha a un hombre de barba larga que habla y gesticula moviendo el dedo índice, amenazante.

Adentro, en el edificio central que fue erigido sobre la antigua iglesia de San Juan Bautista, se lleva a cabo la jutba, el sermón semanal del Imam a los fieles. La totalidad del inmenso recinto está sostenido por columnas de mármol e iluminado por lámparas de cristal. Hombres de todas las edades y condiciones escuchan sentados o de rodillas las palabras del Imam, un anciano de barba blanca y turbante rojo y blanco que exhorta a los fieles, desde su alto estrado en la parte más alta del minbar, a recordar a Dios, a practicar la tolerancia, a la compasión, a la concordia.

Palmira

Llegamos a la cima de la colina poco antes del atardecer. Las ruinas de la antigua ciudad se veían a lo lejos como desordenadas piezas de un enorme y derrumbado edificio. Las columnas de piedra que, vistas de cerca aparecían abigarradas y monumentales, no eran desde allí más que liniecillas blancas esbozadas apenas sobre la árida superficie del valle. A nuestro alrededor, una cadena de montañas rocosas se alzaba, su contorno desdibujado por las lentas sombras de la tarde. Tras ellas, a lo lejos, la inacabable inmensidad del primer desierto, tierras desoladas de gente, pero pobladas de historias de las primeras civilizaciones del mundo. Sentíamos desde allí los trajinados vientos que asolaron a caldeos, asirios y babilonios, imaginábamos las inhóspitas vastedades que ya lo habían visto todo antes de que Palmira fuera ciudad y el centro comercial más importante al Este del imperio romano; salida y llegada de arrogantes caravanas, ciudad de excesos olvidados, de la que ahora solo quedan ruinas salpicadas por inconstantes manchas de palmeras y verdes pinos, el milagro que imprimen las aguas subterráneas en esta geografía salvaje e incolora.

Palmira nos mira impasible desde su lecho yerto, sus viejas piedras soportando erguidas el paso a la vez ufano e infantil de los hombres y sus gestas. Ha visto tanto que ya no se ocupa del paso del tiempo. Presenció inconmovible las luchas infecundas de romanos y partos, de seléucidas y bizantinos, todos buscando en vano el control de este puerto encallado en la vastedad de un océano de arena, esta encrucijada de imperios, hogar de curiosos sincretismos religiosos, siempre entre oriente y occidente, a medio camino entre la locura y la demencia.

Desde aquí, a esta hora de la tarde, es fácil dejarse llevar por la imaginación y reinventar a la reina Zenobia, mujer cuya belleza era, al parecer, tan solo inferior a su agudeza e ingenio militar,cuyas conquistas alcanzaron las fronteras del mismo Egipto, la líder que supo mantener a raya las huestes romanas antes de caer finalmente derrotada . Nada de eso ha perdurado. Desde la cima de esta pequeña colina, imaginando no lejos de aquí el cauce del Éufrates, de cara a esta región que dio comienzo a lo que hoy llamamos historia y que hoy no es más que un elocuente silencio, nos golpea con una fuerza especial la certeza de lo fugaz y accidental de nuestro paso por el mundo, de lo irrisorias que son nuestras empresas y preocupaciones.

Cae la noche y bajamos de la colina. Encontramos a unos pastores que regresan a casa guiando a sus ovejas y nos invitan a tomar té. Hablamos de la vida del campo, de las vicisitudes del clima, de la inveterada generosidad de los animales. Son gente humilde: trabajan la tierra bajo el sol y en la noche duermen cansados después de una cena modesta al calor del fuego. Sin embargo, algo en sus palabras, nos permitió intuir que comprenden mejor esa esencia elemental que le es tan esquiva al hombre moderno.

De Damasco a Meca

Sentado en la cima del monte Kassium, Muhammad, el profeta del Islam, observó extasiado los jardines del Ghouta, aquel oasis de ensueño que a los primeros musulmanes se les antojó como la premonición misma del jardín del edén, y decidió no bajar a la ciudad. Sabía que a los hombres no les está dado entrar al paraíso más de una vez y decidió esperar hasta el día de su muerte. Y es que Damasco es un jardín que parece florecer milagrosamente frente a un desierto que lame constantemente sus orillas con delicadas ráfagas de arena.

Lejos de allí, a casi mil cuatrocientos kilómetros en dirección al Sur, atravesando el desierto, se llega al lugar más sagrado de los musulmanes: la ciudad de Meca, en la Arabia de la dinastía Saud. Allí reposa la Kaaba, la estructura cúbica que para los musulmanes simboliza el centro del mundo y el polo espiritual de su fe. Por siglos, la gran caravana que salía cada año de Damasco, llevaba a los peregrinos luego de cuarenta días de fatigosa travesía, a los lugares santos que los musulmanes deben visitar por lo menos una vez en la vida. Gentes del Este y del Oeste, turcos y árabes, kurdos, tayikos, persas y uzbekos, se daban cita en Damasco para abastecerse y ultimar los detalles en las semanas previas al gran viaje. El clamor de tantas y tan variadas lenguas nunca logró sorprender a esta ciudad, acostumbrada desde siempre a ser un cruce de caminos. Asirios, babilonios, griegos y romanos trasegaron antes estas tierras que hasta hoy conservan los restos de sus imperios y conquistas. Ese crepitar de gentes y culturas, esa variedad de razas y colores adquiere una dimensión casi tangible cuando se camina por la ciudad vieja, en donde todavía se aprecian, a grandes rasgos, los trazados de la ciudad romana sobre los que se superpone el intrincado urbanismo de la urbe musulmana.

Cada año, la caravana salía de la ciudad acompañada de gran pompa y festejos. Encabezaba el enorme desfile de peregrinos un palanquín de madera, conocido con el nombre de Mahmal, el cual iba cargado por un camello finamente ataviado, y cuya finalidad consistía en cargar una copia enorme del Corán como símbolo de la unidad entre el poder civil y religioso en el Islam. El carácter sagrado de la travesía no impedía que a cada momento los viajeros corrieran peligro de ser atacados por pandillas de bandidos. Por eso, las caravanas contaban con un nutrido cuerpo de vigilancia que se encargaba de la seguridad de los peregrinos, además de la de los jueces, notarios, médicos, cocineros y demás oficiales que acompañaban a la comitiva. Era una especie de ciudad en movimiento que, motivada por la fe, se arrastraba penosamente por las inhóspitas tierras del Hijaz, avanzando lentamente en las noches y acampando en los días en cercanías a los oasis que se sucedían a lo largo del camino.

La caravana llegó a su fin cuando en 1908, luego de ocho años de construcción, los oficiales del imperio otomano terminaron la construcción del ferrocarril que uniría a las ciudades de Damasco y Medina. La línea férrea seguía, según el deseo expreso de su ingeniero, la misma ruta que durante siglos trasegaron millones de peregrinos.

Bosra

Hay algo mágico en la pequeña ciudad de Bosra, algo que escapa a primera vista y que va más allá del encanto que guarda su teatro romano, emblema de la ciudad y uno de los mejor preservados de la antigüedad. En el siglo XII, Saladino construyó a su alrededor altas murallas para defender a la ciudad de los cruzados y que, desde lejos, hacen pensar que en lugar de un teatro se trata de una impenetrable fortaleza para vigilar la extensa y verde sabana que rodea al pueblo. Su interior, sin embargo, está casi intacto y permite sumergirse de lleno en los fastuosos días del imperio de los césares. Desde sus altas gradas vuelven a resonar, hoy como siempre, los versos adustos de los personajes en las tragedias de Séneca, el eco de las risas que despertaban en el público las comedias de Plauto.

Una vez fuera del teatro y superado el estupor inicial, una segunda mirada permite adentrarse en los restos de la antigua ciudad romana, un entramado completo de calles y edificios que hoy en día siguen siendo habitados por los lugareños. Construidas en negro basalto, perdidas entre sus callejuelas y medio carcomidas por la maleza, se encuentran edificaciones de una importancia histórica singular, como la mezquita de Omar, a la que se llega bajando por el cardo, poco después de los antiguos baños romanos, una de las más antiguas del mundo y de las pocas que aún conservan el trazado original que seguían las primeras mezquitas del Islam. Un poco más al Este, se hallan las ruinas del monasterio cristiano en donde, según la leyenda, un monje de nombre Bahira reveló a Muhammad su futura misión como profeta de la religión de Alá. Estas reliquias se alzan confusas en medio de la urbe, entremezcladas con las viviendas de gente humilde, de las que salen niños sonrientes pidiendo dulces o lápices. En eso radica el discreto encanto de Bosra: una pequeña aldea que ha sabido vivir sin alterar su pasado. Estas antiguas piedras les pertenecen y lo saben, pero durante siglos las han habitado con una reverencia que sólo poseen quienes tienen perfecta conciencia de su valor y del lugar que ellas ocupan en la historia.

Sayyeda Ruqayya

El mausoleo de Sayyyida Ruqayya en la ciudad vieja de Damasco es quizá uno de los monumentos más hermosos del Islam chií en Siria. Fue construido hace poco con fondos de la comunidad chía, siguiendo los trazos de la suntuosa arquitectura iraní. Ruqayya era la hija menor de Hussein, el hijo de Ali y nieto del profeta, que murió luego de llegar a Damasco después de la calamitosa derrota de las fuerzas leales a su padre a manos del naciente ejército omeya. Al igual que su padre, su memoria tiene un especial significado para todos los seguidores de la chía.

En los muros exteriores, azulejos con fragmentos del Corán escritos en blanca caligrafía nasj, (una de las más utilizadas en mezquitas y mausoleos), contrastan con el color turquesa de la cerámica del fondo. El domo, blanco y dorado se adivina achatado y robusto a lo lejos. Adentro, el panorama es sobrecogedor. Los techos están adornados en su totalidad por fragmentos de vidrio y espejos, todo en una delicada mezcla de tonos de azules, blancos y dorados. En las esquinas y en las bóvedas, brillantes muqarnas se adhieren a las paredes en dirección a la cúpula intensificando el tránsito a la noción de espacio divino. La luz de las lámparas se refleja en los cristales creando los más enrevesados juegos de luces e impregnándolo todo de un aura sagrada y lumínica.

En la nave izquierda del templo está la tumba de Ruqayya. Los fieles se congregan, las mujeres de un lado, los hombres del otro, separados en todo momento por una alta cortina. El féretro es grande, con la superficie hecha de oro y plata. En los barrotes, también de plata, la gente amarra pequeñas cintas de tela verde, el color sagrado del Islam, para suplicar la intercesión benefactora de la mártir. Una luz verde ilumina el interior del féretro. Arriba, en el techo, una gran cúpula se alza majestuosa sobre la tumba. Los fieles tocan la tumba y se acarician luego el pecho y la cara, seguros de alcanzar con ello la baraka, o bendición de la mártir. Muchos leen copias del Corán que están disponibles en pequeñas repisas dispuestas en varios lugares de la mezquita, otros toman pequeñas lozas de arcilla sobre las cuales ponen la cabeza en el momento de la oración, pero en todos, sin excepción, hay un aire de solemnidad y de respeto que no es fácil encontrar en otros lugares. Es la luz de la fe, ese fuego interno que los lleva por momentos más allá de ellos mismos y los sumerge en un verdadero entusiasmo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Puja en los ghatts


En las tardes, antes del último sol, la gente se aglomera en los ghatts, escalinatas coloridas que bajan hasta las orillas del Ganges, en donde los fieles hacen sus ceremonias rituales al río. Pequeños platos trenzados con hojas y adornados con flores llevan una pequeña vela encendida y un palillo de incienso que va dejando a su paso un hálito gris y difuso. La gente los deja ir, corriente abajo, como ofrenda. Entonces el río, vestido de flores, recibe las plegarias de los fieles a Shiva, dios del tridente dorado, señor de la de la destrucción, lingam de la fertilidad, perpetuador el ciclo de la vida, conductor del ritmo del cosmos, principio de cuya fuente emerge el Ganges sagrado.

Los platitos de las ofrendas incendian por momentos el cauce del río y se van perdiendo lentamente en su vientre como chispazos de luz en el vacío. Arriba, una luna casi llena emerge amarilla tras las montañas cercanas y observa en silencio la llegada de la noche. Un grupo de niños, las cabezas rasuradas, los rostros morenos, llega al ghatt vistiendo kurtas amarillas sobre unos pantalones blancos y se sienta en torno a una pira de fuego que poco antes, un sacerdote de largas trenzas se ha encargado de encender. Alrededor se congregan los fieles. Ancianas de rostros brillantes cantan himnos shivaítas, un joven vestido de blanco pasa extático por entre los asistentes levantando los brazos y batiendo palmas al ritmo del rezo. El sacerdote empieza a cantar y veo a mi alrededor el rostro emocionado de los fieles. Una mujer de sonrisa rebosante canta con los ojos cerrados, algunos niños juegan en el río y salpican de agua a los viejos que los miran con ternura. De pronto, un policía emerge de en medio de la multitud con un niño en brazos. Se arrodilla junto al río, moja con sus aguas la cabeza del bebé y se lo entrega luego a la que parece ser su madre. Más allá de la orilla, casi en medio del río, una estructura de cemento sostiene la figura enorme del dios Shiva sentado en posición de loto. Un reflector ilumina su silueta blanca creando un bello contraste con la sombra de río a sus espaldas. Vuelvo la mirada: el sacerdote levanta las manos, los fieles aplauden y cantan como solo pueden hacerlo quienes tienen la certeza de ser escuchados por los dioses.

Benarés

Muchas ciudades se disputan el privilegio de ser los centros urbanos continuamente habitados más antiguos del mundo. Lugares como Jerusalén, Damasco o Alepo, que desde hace más de cinco milenios han sido testigos del constante trasegar de gentes y culturas: pero en ninguna de ellas se respira tan hondo el peso de los años como en Benarés. Y es que quizá no haya otro lugar en el mundo en donde la decrepitud y la muerte se fusionen de manera tan cabal con la belleza y la vida como en esta antiquísima ciudad sagrada para el hinduismo, que se conoce hoy en día con el nombre de Varanasi. Aquí, la sombra de un tiempo mítico refleja en las aguas del Ganges las más variadas formas del hastío. Una esencia anterior al tiempo y a sus gestas emana de los edificios que languidecen a sus orillas. El Ganges mismo, que más al Norte se desgaja furioso atravesando los Himalayas como movido por una fuerza ancestral y primitiva, aquí se derrama apacible por la inagotable sabana, se acopla a ese tedio ancestral, a esa negación de la acción en sí misma, quizá el acto más cercano a lo sagrado. En Benarés, lo hermoso y lo horrendo se superponen en una amalgama perfecta, pues es la suya una sustancia que rebasa los límites de lo bello y abraza gustosa lo contradictorio. Mujeres de negras trenzas extienden al sol una danza de saris de colores, sedas que tapizan intermitentes los excrementos y difuminan por momentos el olor cobrizo de la orina. Feligreses de todos los lugares de la India vienen hasta aquí para quemar a sus muertos y recibir la bendición de la diosa del río, esa que ha visto el esplendor y la decadencia de tantas dinastías, aquella que surge de la larga cabellera del dios Shiva para lavar con sus aguas los pecados de los hombres. Las personas se sumergen en el agua sucia sin prestar atención a la basura que se acumula a orillas de los ghatts, nadan junto al cadáver de alguna vaca muerta, hacen sus abluciones, oran en silencio, lavan su ropa y beben con reverencia de las aguas sagradas e inmundas del río. Pequeños barcos de remos pasan llevando a extranjeros atónitos que quieren fotografiarlo todo. Cerca de los templos, hombres raquíticos y sucios venden flores de colores en improvisadas tiendas. Espantan las moscas con un periódico viejo mientras sostienen en la otra una taza humeante de chai.
Ciudad adentro, ancianos de mil procedencias deambulan como espectros por callejuelas sucias y enlodadas. Hombres y mujeres, tan viejos como el mundo mismo, que buscan alcanzar el mokhs, la liberación de la incesante cadena de reencarnaciones a la que está sujeta el alma humana, y que, gracias a un privilegio especial de los dioses, obtiene todo aquel que muere en Benarés. Muchos pasan sus días cerca de los ghatts, acostados en viejas esteras de plástico, los hombres fumando en silencio, las mujeres sacándose piojos o haciéndose trenzas entre ellas, todos esperando la morosa llegada de la muerte.

Camino por una pequeña callejuela de casas humildes e intento adivinar la intimidad de los hogares a través de las sombras reflejadas en la penumbra de los zaguanes. Desde uno de ellos una mujer me saluda con una sonrisa. Lleva un velo rosado y de su nariz cuelga un arete redondo y brillante. Sumerge los dedos en un plato de arroz, toma un poco, lo amasa con cuidado y luego lo introduce en la boca de un niño desnudo que está de pie a su lado y me mira con la curiosidad desvergonzada de los niños. Tiene los ojos pintados con Khol para evitar el mal de ojo y un lleva un punto rojo dibujado en medio de la frente. Un poco más adelante, en la misma acera, una anciana de piel morena y sari violeta mira al vacío con ojos arrugados y azules. Es quizá el rostro más triste que he visto en la vida.

Hemkund Sahib

A 4.300 mts de altura sobre el nivel del mar, al abrigo de los altos nevados de los Himalayas, descansa, frío y sereno, en el lago sagrado de la religión sikh, el templo Hemkund Sahib, donde por largo tiempo vivió el décimo profeta del sikhismo, Guru Gobind Singh. Un escarpado camino de veintitrés kilómetros lleva, cuesta arriba, a través de montañas grises y rocosas que se pierden entre las nubes, hasta el lago sagrado del que se desgajan sonoros arroyuelos. Una hierba clara y escasa se adhiere con fiereza a la superficie de la montaña acentuando el clima de ascetismo y abandono. Familias enteras avanzan penosamente por un rocoso y enlodado sendero, repitiendo oraciones y cantos piadosos como antídoto contra el agotamiento. Mulas y porteros cargan a sus espaldas, en canastas de mimbre, a quienes ya ha vencido el cansancio. Ancianos venerables de barbas largas, turbantes impecables y brillantes dagas se aferran a sus báculos y miran las montañas que se abren a lo lejos, el caudaloso río que horada sus vientres. Casi todos los que suben en peregrinación profesan el sikhismo, pero no es raro ver familias de hindúes en el camino.

Cuando la gente alcanza la cima se acerca reverente a orillas del lago. Los hombres se desnudan y se sumergen en sus heladas aguas para cumplir con los estrictos cánones del ritual. Oran por momentos en el agua helada, luego salen, se visten y se apresuran a refugiarse en el templo contiguo, en donde las cobijas y el canto exaltado de los feligreses devuelve, poco a poco, el color a los cuerpos ateridos. Al fondo del templo, en una estructura rectangular dorada, completamente iluminada y decorada con flores, reposa el libro sagrado de los sikhs, el Guru Grant Sahib, que contiene las enseñanzas de sus diez profetas. Un grupo de personas de una vuelta ceremonial en torno al texto sagrado para recibir luego la bendición del hombre que oficia como sacerdote. Del otro lado del templo las personas oran o conversan, refugiadas del frío bajo una montaña de frazadas. Afuera, en una sencilla tienda de hojalata, un esmerado grupo de voluntarios sirve, sin costo alguno, sopa de fideos y tazas de chai caliente. Empieza a llover. El viento juega con las cintas doradas que se extienden entre la explanada y el templo. Las nubes cubren con su niebla los blancos nevados.

Haridwar

Un turbante naranja raído. Un anciano de pelo ensortijado y barba entrecana sentado en cuclillas. A su lado reposan un viejo bastón y una cacerola sucia. Más allá, unos jóvenes vestidos con camisetas y pantalonetas naranja pasan tocando inmensos tambores y cantando himnos a Shiva. Cargan grandes y complicadas estructuras hechas de bambú y que adornan con cintas doradas, con flores de plástico e imágenes de Shiva o de Hanuman, el dios mono. Cada año, en el mes de Julio, los peregrinos se dan cita en la ciudad de Haridwar, en el Norte de la India, a orillas del Ganges, para bañarse en sus aguas sagradas. Miles de personas inundan entonces las calles de la ciudad en una inacabable procesión que dura el mes entero. Olas desaforadas de gente, toda vestida naranja, ora a orillas del Ganges ondulante y amarillo.

Vendedores de lentejas o garbanzos apilan sus puestos a la vera del río. Hombres aletargados pasan el sopor del día a la sombra de árboles de ramas generosas. En la otra orilla, un templo asoma su cúpula roja por entre los árboles. Niños desnudos se lanzan riendo al río y se dejan llevar por la corriente. Una vaca husmea en una pila de desperdicios ennegrecidos por el barro. De repente, el cielo se ennegrece. Las nubes llegan con un viento furioso que apaga los ruidos cotidianos y seduce a las banderas de los templos que empiezan a imitar el baile hipnótico de su vuelo. El cielo, antes azul y despejado, se oscurece. Empieza a llover. Una lluvia férrea, demencial, se apodera de las calles, salpica al río, empapa los árboles. Los adultos corren buscando cobijo en techos cercanos mientras los niños juegan con los perros que ladran rabiosos y alegres en callejuelas inundadas. Es el monzón. La temporada de lluvias que nutre a la India, desde las selvas lúbricas del Sur hasta las hieráticas montañas del Norte y sin el cual la vida en este inmenso país sería impensable. Una lluvia violenta y fugaz que apaga el calor de los días de Julio, que irriga los campos y revitaliza las cosechas adormecidas por el calor inclemente de los meses del verano. Poco después, las nubes se disipan y el sol resurge con renovado vigor. La gente abandona sus refugios y vuelve a las calles anegadas de basura y excrementos. Retornan a la vida interrumpida: al hambre, a la devoción, a la miseria.

Fatehpur Sikri

Hubo un tiempo en que el imperio mogol dominaba el norte de la India, desde las selvas de Bengala hasta las montañas de Paquistán y extendía su poder hasta las lejanas provincias del Deccan. Un reino poderoso y esplendido que heredó el rico bagaje cultural persa y supo combinarlo con las viejas tradiciones indostánicas. En el ápice de su esplendor cultural, vivió un Sultán sabio y culto, que gobernó rodeado por asesores de diversos orígenes y credos: su nombre era Akbar, “el más grande”, y su extenso reinado de casi cincuenta años es recordado como una de las épocas más brillantes en la historia de la India.

Fatehpur Sikri es el nombre de la ciudad real que Akbar construyó, a las afueras de Agra, en el siglo XVI, sobre un promontorio desde donde se alcanza a ver una vasta planicie. Cuenta la leyenda que allí mismo el soberano fue a consultar al sabio sufí Shaij Salim Chisti, quien profetizó el próximo nacimiento de un hijo varón heredero del trono. Poco después nació el niño y Akbar, agradecido, mandó a construir, en el lugar de la profecía, la que por algunos años sería la capital del imperio más poderoso de la India.

Lo primero que se alcanza a ver en la lejanía, a través de árboles frondosos y distantes, es la fachada de la mezquita, construida en arenisca roja, al mismo estilo de la Jama Masjid en Delhi. Dos altos y blancos minaretes coronan su cielo. La fina caligrafía grabada en la enorme puerta de entrada conmemora las victorias de Akbar en la provincia de Gujarat y da paso a una gran explanada en donde los fieles se amontonan para hacer sus abluciones en la fuente central, caminar por sus corredores o descansar del agotador sol vespertino. Al fondo del patio central de la mezquita está la tumba del famoso santo Chisti, quien todavía hoy es adorado por la población musulmana de la India. Cada año, por el mes de Julio, miles y miles de peregrinos de todo el país llegan hasta aquí con sus peticiones y promesas. Buses vestidos con banderas verdes en los que se lee en letras doradas las palabras sagradas del Corán se agolpan a la entrada del lugar. La gente soporta el calor en silencio y se asoma ansiosa a través de las pequeñas ventanas antes de bajar y emprender caminando el último tramo del trayecto que lleva a la tumba del santo. Los hombres visten de blanco, las mujeres de negro con los rostros cubiertos. Grupos de niños con sombreros blancos ceñidos al cráneo suben por las escalinatas abarrotadas de mendigos que alzan sin convicción sus manos implorantes. Los fieles llegan hasta la tumba que huele a excrementos de murciélago. Rezan en silencio, y dan unas monedas a un sheij que repite una otra vez, con monótono acento, las mismas letanías mientras empuja a la gente para que entre y salga regularmente, para que nadie se quede más de lo debido. Son muchos los peregrinos y en el pequeño recinto no hay espacio para todos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

El verano

En los días de agosto, cuando el verano alcanza su clímax, el calor  abrasa la ciudad y hace el movimiento imposible. La temperatura comienza a caldear desde la mañana y cuando, al medio día, la urbe traspira exhausta, la gente regresa a  casa y se deja caer en largas siestas, abandonándose a sueños densos de sudor y polvo. Son momentos en los que sólo cabe el hastío. El sol se yergue en el cielo y apaga el viento con su mudo aliento de fuego.
Tomo el metro a esas horas y padezco el rigor incandescente del clima en medio de una fauna diversa y feroz que se agolpa sudorosa en los vagones cercando puertas y ventanas, oyendo impasible el chillido de los frenos cada que el tren se detiene. A través de los vidrios empolvados veo barrios de tugurios que florecen en medio de la ciudad  como jardines marchitos. Niños sucios y joviales asoman sus cabezas desde ventanas diminutas, juegan con palos en callejones inundados de basura o patean con fervor un balón desinflado. Del otro lado está la calle, su avalancha de conductores enceguecidos. Pero más allá, como una visión epifánica, la cadencia minuciosa del Nilo, las felucas lamiendo con su quilla las lentas olas de plata.
Cae la tarde cae cuando la llamada a la oración, a través de altavoces omnipresentes, recuerda por cuarta vez a los fieles sus deberes con Dios. El muecín eleva su canto más allá del bullicio cotidiano y busca alcanzar la gracia divina mediante melodías, en ocasiones delicadas, en otras nasales y rotundas. Paso por una mezquita y veo la fila ordenada de cuerpos inclinados rezando a Alá en la vasta lengua del desierto. Más adelante, una pareja de novios  habla a media voz, se pasea de la mano por la rivera del Nilo, perdiéndose entre la multitud que empieza a salir a las calles seducida por un viento fresco que disipa el sopor del día. Familias numerosas llenan los parques, y los jóvenes, riendo a carcajadas, caminan en grupos, fieles a la condición vital y gregaria de su estirpe. Curiosos y turistas, apostados en algún puente, siguen el curso de Nilo, el eco de su corriente en los altos rascacielos. Los coches inundan las calles, sus radios repitiendo, con ensordecedora insistencia, las mismas canciones de moda.
Cuando regreso a casa, poco antes del amanecer, veo como a un mensajero del alba, a un anciano vestido de blanco que pasa en su bicicleta por la callejuela vacía. La bruma tersa de la madrugada emerge del río, restituyendo a los viejos templos y edificios la marcial reverencia que en otro tiempo imponían. Las luces macilentas de los cafés iluminan todavía la silueta de hombres que juegan  tawla rodeados por el olor denso y azul del narguile, un humo cansado que tarda en dispersarse y los sumerge en el aura etérea similar al sueño. Las primeras luces de la mañana anuncian lo que llegará con el día: el ruido lejano del tráfico llenando ya las avenidas, las diligentes madrazas con sus huestes de niños memorizando el libro sagrado, la diligencia febril de los trabajadores a cambio de un salario miserable. Comienza el día. El sol se yergue redondo en la distancia.

jueves, 28 de mayo de 2009

Zanzibar


He imaginado una isla tropical en las costas de África del Este, el centro privilegiado de las rutas comerciales del Océano Índico, la sede espléndida del sultanato omaní. He imaginado sus altas palmeras, los cultivos de clavos, jengibre y canela, la espuma del legendario mar que surcaron los barcos de Simbad y Sandocán. He visto una ciudad de piedra, de casas altas que buscan la risa de las nubes, de callejuelas húmedas y oscuras, de balcones que se tocan entre sí, de ancianos negros vestidos con sombreros de colores que ven llover con ojos enormes y tristes bajo un techo de hojalata. He visto a un grupo de niñas veladas corriendo y gritando en una plaza, el sonido del llamado a la oración tapizando el fondo de sus risas. He visto una iglesia construida sobre lo que fuera alguna vez el mercado de esclavos, el sótano de mazmorras en donde gente hacinada y hambrienta era condenada a un destino atroz por la avaricia de los hombres. He paseado por un mercado magro, escaso de verduras y frutas; naranjas de piel tallada por el cuchillo paciente del vendedor, mazorcas azadas, tamarindo con especias moradas, pescados de vientre abierto exhibidos en una carreta vieja y podrida. Una negra enorme disipa las moscas que se amontonan alrededor de compradores que hunden los pies en un piso de lodo, cáscaras de fruta y vísceras frescas. Una música alegre llueve espesa de una vieja grabadora.
He imaginado el centro de aquella isla mágica, la generosa disposición de sus nubes, la intrincada topografía de un verde lúbrico y frutal, los ornamentados pájaros que sorprenden con su voz y con el viento almidonado de su vuelo. He visto un mar extenso como el cielo, el carnaval de barcos que siguen desde siempre la ordenada ruta del monzón transportando telas y porcelanas de Sind, intrincadas alfombras de Persia, puertas y baúles de Gujarat, sal, sándalo y teca de Abisinia, marfil y esclavos de la tierra de los zang. He imaginado una playa desierta en un atardecer con luna, tomando té de jengibre con mujeres festivas que visten kangas de colores y pasan el tiempo cocinando chapati y pescado para la cena. He jugado a interpretar sus diálogos, imaginando el canto chispeante y sonoro de su lengua, tejiendo historias imposibles con sus risas, dejandome atrapar por su conjuro sensual y divino.

Cairo



A menudo, cuando camino por sus calles atestadas de gente o cuando voy en un taxi destartalado que apesta a gasolina, cuando transeúnte, diluido en el calor, constato la desmesurada congestión de sus arterias, la polución y la basura circundante, me pregunto: ¿por qué el Cairo? Pero me basta ver alrededor para entender por qué me gusta vivir en esta ciudad caduca, polvorienta, fascinante.
Tantas lenguas se han conjugado en ella a través del tiempo, hay tantas historias abandonadas en sus callejones estrechos. Caminar por el Cairo es perderse en el tiempo, en una intrincada maraña de edificaciones coptas, fatimíes, ayyubíes, mamelucas, otomanas; mezquitas, tumbas y mercados de diferentes épocas se conjugan en las calles impregnándolas de una vejez inmemorial.
En el área conocida como el Califa está la imponente mezquita de Ibn Tulún, construida al estilo de la arquitectura abasí de Samarra, una de las pocas edificaciones que se conservan de aquella época dorada del Islam. Cerca de allí están los cementerios fatimíes y mamelucos absorbidos desde hace siglos por la ciudad. Macizas cúpulas de piedra blanca emergen con regularidad por entre la uniforme sucesión de techos ocres de los barrios populares. Se trata de los soberbios mausoleos de poderosos emires y sultanes en los cuales, fragmentos del Corán han sido tallados con delicada caligrafía. Un poco más al norte, en dirección al centro de la ciudad, se llega a los restos descomunales de un acueducto que se extiende desde el Nilo hasta el promontorio en donde Salah al Din ordenó construir la fortaleza que por siglos fue la sede del poder en Egipto.
En la cima de la montaña la mezquita de marmol que Muhammad Ali construyó siguiendo los cánones estéticos de la arquitectura otomana observa la extensión opaca y densa de la urbe, el ejército de minaretes que coronan su cielo.
El Cairo copto es un barriecito tranquilo de calles estrechas que alberga antiguas construcciones entre las que se cuentan una iglesia griega ortodoxa, una antigua sinagoga en donde a mediados del siglo XX se encontraron la importante biblioteca del Geniza o la mezquita de Ibn al Ass, primer templo construido a Alá en tierras africanas.
La mayoría de las iglesias allí pertenecen al culto cristiano ortodoxo autóctono de Egipto, tan antiguo como el cristianismo mismo. Una iglesia que hunde sus raíces en los antiguos cultos gnósticos y faraónicos que hace gala un rico arte que mezcla estilos autóctonos con otros grecorromanos y bizantinos.
En el centro de la ciudad los edificios siguen la moda de la arquitectura francesa del siglo XIX. Si se mira con cuidado la delicada ornamentación de las fachadas, se puede ver a las gárgolas, antes impasibles, soportar enloquecidas la marcha sorda de los coches, la naturaleza agreste de los conductores que parecen dominados por un instinto que ignora las más elementales reglas de la cordura.
Pero si los edificios son impactantes, la gente no lo es menos. Una ciudad en la que los hombres usan galabeyas largas y las mujeres se cubren con el velo. Está el negro niqab que tapa el rostro por completo y sólo permite adivinar la cadencia de unos ojos oscuros. Están las largas mantas blancas que se aferran como alas a la espalda y a los brazos robustos de las matronas. Hay velos que enmarcan el óvalo de rostros infantiles que aún no se acostumbran a los incómodos pliegues de la tela. Sí, hay velos tristes que anulan la risa con negros colores, velos cosidos con tedio que emanan un olor rancio; pero hay también velos ligeros como palomas, telas brillantes que parecen imitar la luz del sol, un festival de colores que se eleva con el viento y corona la cabeza de las jóvenes como un abanico de flores. Hay tantas voces en este intrincado símbolo que utilizan las mujeres musulmanas para afirmar su identidad.
En Cairo, el crepitar de las carretas de madera cargadas de melones o sandías se mezcla con el grito del hombre que compra cosas viejas, con el claxon de un lujoso automóvil anegado en un mar de gente, con las campanitas de los niños que visten bombachas turcas y caminan por las calles vendiendo jugo de dátil. A veces veo por la calle a los hombres de fe, barbas largas sin bigote, rostros adustos y una cicatriz redonda en la frente, al parecer como consecuencia del fervor con que se arrodillan a rezar. Sus esposas visten de negro y caminan con el rostro cubierto cargando a un niño en los hombros, llevando a otro de la mano, siguiendo a su esposo en silencio, en dirección al parque o al río.

El río y la luna

Lo primero que sorprende es el río. Una masa colosal en perpetuo movimiento que traspasa el país de sur a norte, cargando en su lecho las aguas que presenciaron el alba de la humanidad primera. Las suaves felucas, pequeños navíos diseñados especialmente para remontar la corriente del Nilo, juegan con sus velas y en su camino, río abajo, se dejan cortejar por el viento. Pero se trata de una corriente rebelde que de cuando en cuando se rehúsa a buscar el mar. Se embarca en una lucha perezosa, secundada por el vigor marino del viento mediterráneo que sopla cada diez días con singular disciplina, como si se tratara de un ritual arcano. Entonces se ve a las aguas zigzaguear y morder el casco de los barcos como culebras salvajes que intentan alcanzar de nuevo el abrigo de las montañas etíopes. El país entero, partido en su centro por esa herida verde que es el Nilo, presencia la lucha estéril de las aguas que se rebelan combativas y de su cansada derrota, del ritmo poderoso del cauce que las conduce a su irremediable destino mediterráneo.
Primero está el río y nada hay que cautive la atención del visitante con tanta fuerza como el compás de su corriente. Pero cuando el hombre se acostumbra a la marea eterna que fluye impasible a sus pies, alza la vista y encuentra la luna. La luna enorme del desierto que inventa cada noche un nuevo color para cautivar a los hombres que se dejan seducir por la vigilia. La lengua árabe cuenta al menos con tres vocablos para nombrar a la luna, pero sólo hasta verla emerger de improviso, en su llena monumentalidad o en su coquetería creciente, se llega a comprender la razón; se trata de una realidad tan compleja, que precisa de nombres diferentes. A su lado, las lunas verdes de las selvas de Yucatán parecen vanas copias, intentos fugaces de alcanzar una grandeza que sólo permite la vacía vastedad del desierto.

Alejandría

Ante res
Tengo sed de ver tus casas carcomidas por el salitre milenario, de escuchar las voces que se filtran por tus arrabales sinuosos, de contemplar a los marineros sacando su pesca vespertina en el puerto, de adivinar en cada esquina la sombra de Durrell o de Cavafis, de imaginar el faro que en su tiempo avizoraran Cleopatra y Herodoto. Tengo sed del calor mediterráneo de tu vientre, ausente de sombra. De tus playas llanas, asediadas por un mar de azules encendidos, de las incontables lunas que han vigilado tus noches desde que Alejandro soñara tus cimientos. Tengo sed de ver tu noche suspendida sobre bandadas de pájaros, pedazos azules de cielo intermitente.
In media res
Una sangre añeja se pasea cansada por tus calles. Como si los muertos se negaran a abandonarte, demorándose lánguidos en las aceras de las viejas casas, jugando damas en los cafés mientras ven pasar el ajetreo inútil de los vivos. Lo digo porque veo en los rostros que encuentro de improviso el placer orgulloso de quienes se han acostumbrado a la decadencia milenaria: la mirada exenta de queja, la memoria de la urbe tatuada con tedio en el rostro de los hombres. No prefiero a la ciudad imaginada, ciudad de leyenda que han tallado  los libros, voces de otro tiempo que regalan una imagen imprecisa, la vaga memoria de otros días. Ahora prefiero encontrar la ciudad  precaria en donde nada permite rastrear la grandeza pasada, prefiero constatar la primavera marina de su brisa, el olor dulzón de los narguiles, el tiempo detenido en la sombra de las calles.
Post res
Llevo en la memoria la vieja bahía, tapizada de fachadas descoloridas, la moderna y monumental biblioteca, las olas que pagan su tributo cotidiano en la playa. Vuelve con frecuenda a mi mente la sensación de haber estado en un lugar que ha dejado de creer en el tiempo. Alejandría lo ha vivido todo: el esplendor, la decadencia, el olvido. Se asemeja a esos ancianos cansados que no buscan más que un lugar distante desde el cual observar la miseria de los hombres. Alejandría no exhibe el triste frenesí que viven las urbes modernas. No se afana, tampoco espera. Aferrada a sus costas, observa en silencio y a veces habla con quienes se aventuran por sus calles en las frías madrugadas sin luna.

Ramadán

Ramadán es el mes sagrado en el Islam. Durante todo el mes, los musulmanes ayunan desde el alba hasta la llamada a la oración del atardecer. Si algo une a los diferentes países musulmanes, tan variados étnica y culturalmente, es la importancia con que asumen esta fecha. En Egipto, los festejos tradicionales islámicos se mezclan con otros más antiguos de raigambre copta o faraónica. Por eso, todos los egipcios coinciden en afirmar que no hay país que celebre el mes del Ramadán de una manera más original y diferente que Egipto.
Ramadán es el momento de la fiesta. Las calles se llenan de luces de colores, el trabajo se detiene, las familias se reúnen a menudo y rara vez se duerme. El ambiente el ligero y jovial. Los jóvenes se ven más alegres y las jóvenes aventuran sonrisas coquetas que ellos reciben, guardan y callan. Callan la lascivia, callan el odio, callan el rencor y la envidia, pues no sólo se privan de comer, beber o fumar durante el día.
En las madrugadas se oye pasar a un hombre golpeando un tambor e invitando con gritos a la oración primera. De cuando en cuando debe detenerse porque lo llaman desde la ventana de una casa acomodada para darle algunas monedas. En Ramadán, las expresiones de generosidad se multiplican, pues es bien sabido que todo aquello que de bien hagas durante el mes sagrado, te será devuelto por dos, por diez o incluso por mil, según los cálculos de los más optimistas.
Decir Ramadán es decir Fanuz, palabra luminosa, que da nombre a las lámparas de colores brillantes que se amontonan en las puertas de los almacenes como si fueran árboles del trópico o flores exóticas sembradas en medio del desierto.
Decir Ramadán es decir montañas de dátiles y de almendras, fanegas de frutas secas, de pistachos y de nueces, parte fundamental del ritual de la ruptura del ayuno.
Decir Ramadán es ver el hambre y la ansiedad en los rostros de los caminantes en las horas que anteceden al ocaso. Percatarse de la agresividad que las privaciones imponen en el carácter de la gente, del estoico tesón con que soportan el ayuno.
Decir Ramadán es caminar ante la imponente mezquita de al Azhar, primer centro cultural y académico del mundo musulmán y observar sus espigados minaretes, oír las más dulces voces invitando a la oración, los rostros contritos de la multitud que reza en su interior.
La ciudad se transforma y a pesar de las dificultades que impone el hambre, nadie quiere que el mes termine. En ningún otro momento del año está Dios más cerca de los creyentes y ellos lo saben. En sus rostros se adivina un brillo diferente, esa particular fuerza en la mirada que otorga el contacto con lo divino.

La mezquita de Hussein

La mezquita de Hussein, el hijo martirizado del Califa ‘Ali, es una de las más importantes y monumentales de Egipto. Al oír el llamado a la oración de la tarde, la romería de fieles se agolpa en las puertas, se quita los zapatos e ingresa a un lugar que se diferencia de nuestras iglesias en el bullicio y la vitalidad que en el mundo musulmán tiene el espacio sagrado. En la puerta de la mezquita, un anciano ciego reparte almizcle a cambio de unas monedas. Adentro, algunos hombres duermen en las esquinas mientras otros leen el Corán o escuchan hablar a alguien sobre la interpretación de los hechos del Profeta. Otros comen, charlan y ríen. De repente, un alma caritativa llega con una bolsa llena de camisas de algodón para reglar. Las deposita en el piso e inmediatamente, una horda de manos se amontona en torno suyo. Los hombres discuten y se pelean a gritos pero el altercado no molesta en lo absoluto a quienes se dedican a ejercicios más espirituales. Al lado del grupo enardecido, un anciano reza fervorosamente con un escapulario. Arriba los ventiladores se mueven acompasados y resaltan intermitentemente la belleza de lámparas.
A través de una pequeña puerta ubicada a un costado de la nave central de la mezquita, se accede a una pequeña habitación en donde al parecer descansan algunos restos del mutilado cuerpo del mártir Hussein. Al preguntar por el contenido del féretro algunos me dijeron que era la cabeza, otros la mano, los menos optimistas, sólo un dedo. Poco importa. El ataúd que se aprecia en la pequeña sala es enorme y está ricamente decorado con incrustaciones de plata. Los fieles se acercan y rezan con fervor o lanzan pequeñas ofrendas en agradecimiento por los favores recibidos.

El Nilo

El Nilo traspasa la ciudad de sur a norte y a sus orillas se aferra la ciudad temerosa del desierto. Por siglos sus habitantes han utilizado un elaborado sistema de canales que gana puñados de tierra de cultivo a las yermas extensiones que le rodean. En ese fértil corredor que sigue las sinuosidades del río, en esos diez metros tapizados de palmeras y de huertos, vive el hombre. Construye sus casas, trabaja la tierra, engendra a sus hijos, muere. El frío del invierno golpea el dorso pelado de las rocas en la intemperie pero no alcanza con la misma intensidad los remansos de agua que se alzan a la vera del río. Los árboles se sacuden al viento y regalan el sonido de su cobijo en las tardes de verano.
Porque en Cairo, quizá más que en cualquier otro lugar, la ciudad es el río que la habita, que delimita sus alcances, que dibuja a su antojo los contornos de la urbe. Antes de que el Nilo fuera dominado por la fuerza aplastante del ingenio humano, su curso cambiaba con entera libertad y con él la disposición de la ciudad entera, que no tenía otra alternativa a la de acoplarse a su ritmo caprichoso. Pero la enorme represa que Nasser construyó en los sesenta con capital soviético y con las ganancias del recién nacionalizado canal de Suez, apaciguó la furia de sus aguas y reguló la irrigación de los cultivos a lo largo de todo el país. Ahora, las aguas domesticadas avanzan y reflejan a su paso la imagen nítida de los altos rascacielos. No volvieron a verse los cocodrilos que antes llegaban al Delta en busca de comida.

lunes, 7 de mayo de 2007

Chiapas

Una atmósfera taciturna envuelve al estado más meridional de la república mexicana. Atravesado por selvas ingentes y montañas abruptas, la afirmación de la individualidad se hace aquí un ejercicio imposible. Todo es tan monumental, tan vasto, que los dioses otorgan la neblina en las tierras más altas para aliviar a los hombres la visión del infinito. Su manto cubre las distancias y baña los sembradíos de maíz que se extienden a lo largo de la carretera. Pero su abrazo puede ser letal. Si llegara a desbordarse sumiría los campos en una nada blanca. Por eso se siembra el maíz: para sostener la franja vital que separa a los hombres de los dioses.
Los maizales se yerguen perezosos. Como si la búsqueda del sol fuera una meta harto alcanzada. Una tarea milenaria que comenzara a cansarles. La distancia que los separa les ha obligado a gestar el sol en sí mismas. Astros diminutos abrazan el corazón de la mazorca y se hacen savia que nutre la sangre primera. El maíz, origen del hombre en la cosmogonía maya, cobija los valles, se hunde en las montañas, soporta el peso de la niebla, delimita la frontera entre la realidad y los sueños.
El cañón del Sumidero es un parque natural ubicado a doce kilómetros de la capital del estado, Tuxla de Gutiérrez. Es una gran depresión surcada por un río verde que roba su color a las tierras altas y arrulla el murmullo de los peces en las noches del valle. Las paredes que se elevan a ambos lados del río pueden alcanzar, en ocasiones, hasta un kilómetro de altura. Una vez allí es imposible no sufrir una sensación de opresión y de encierro, de pequeñez, de abandono. Los ocasionales cocodrilos que toman el sol en las riberas no ayudan a mitigar el fantasma de la soledad. Tampoco los monos que chillan ocasionalmente para constatar su desolada existencia.
La leyenda cuenta que a la llegada de los españoles, los indígenas de la región prefirieron lanzarse vivos al río desde las alturas del cañón antes que someterse al invasor. Es difícil concebir una imagen más desgarradora: cientos de cuerpos cayendo al vacío. Los gritos dispersos, las ofrendas rituales, el susurro de las oraciones finales, el caudal del agua arrastrando el recuerdo de su raza para siempre.
El cristianismo ha logrado implantarse con dificultad en la compleja mitología maya. Visitar la iglesia del pueblo de San Juan Chamula, cerca de San Cristóbal de las Casas da constancia de ello. Lo primero que sorprende es la cantidad de cirios encendidos a las imágenes de santos ubicados en los costados de la iglesia. Hojas de pino regadas por el suelo reemplazan las bancas tradicionales. Los feligreses se sientan en el suelo y rezan en lengua tzotzil al santo de su devoción. Entre tanto, toman gaseosas para inducir eructos que alejan a los malos espíritus. Detrás del altar la imagen de san Juan Bautista ocupa el lugar principal. Jesús está a su lado, un poco más abajo. Nadie supo explicarnos la razón de tan singular desplazamiento.
La iglesia de Santo Domingo en San Cristóbal de las Casas muestra también los rasgos de este sincretismo. Su fachada empieza a ser restaurada por primera vez después de siglos de soportar implantes y aditamentos. Poco a poco la labor paciente de los arquitectos descubre los contornos de los diseños primeros. El jaguar, animal sagrado para los mayas, abre de nuevo sus fauces, ocultas durante siglos por la melena de los leones imperiales. Retazos de Cuculcán, la serpiente emplumada, comienzan a evidenciarse debajo de las aparentes sirenas. Son símbolos vitales de una cultura que intentó ser silenciada pero que ha permanecido en los ritos de las gentes y ahora vuelve a hablar con la voz recia de las piedras.
Las ruinas de Palenque se erigen en medio de una selva monumental. Se trata de una de las ciudades más importantes del período clásico, cuando los mayas dominaban una parte importante de Mesoamérica. La dificultad que impone un terreno tan húmedo y tupido resalta los logros arquitectónicos de esta urbe llena de edificios colosales que parecieran emerger de la nada. Las estelas conservadas (monolitos enormes en los que escribían los hechos notables y los nombres de los gobernantes), destacan por su laboriosidad y armonía. La escritura maya fija en la piedra rostros de animales, figuras geométricas y complejas abstracciones. El resultado es impactante. Cientos de figuras cuentan la historia de un pueblo que alcanzó un desarrollo sin par en el mundo americano. A quienes ignoramos cómo descifrarlo, nos conmueve la precisión y la delicadeza de sus formas, la tenacidad y belleza con que fijaron su historia en el tiempo.

Oaxaca

Oaxaca se abre al mundo en medio de un valle que se regala generoso al cielo. Las primeras montañas se extienden mesuradas en la distancia guardando una cierta compostura ancestral. Ocultan con su tapiz las demenciales alturas que se elevan a lo lejos. Su terca simetría pareciera haber sido labrada por pueblos de otros tiempos, pulida con esmero en un intento fútil por suavizar el entorno. Lejos allá los altos picos que horadan las nubes y fraguan las tempestades del Pacífico. Lejos allá los abismos ululantes, las cascadas raudas, las selvas vaporosas, el mar. Acá, el valle apacigua el alma y otorga la posibilidad de una vida al abrigo del mundo.
Pero la naturaleza se revela ante la calma de aquellas laderas pardas. Las nubes, cansadas de cielo, imitan las más abigarradas formas de la tierra. Se derraman como espejismos premonitorios de un mundo contiguo, de una vorágine que amenaza romper un letargo con empeño cultivado. De la tierra emergen cactus con una furia por siglos represada. Metáforas de la lava ingente que hierve en sus entrañas, desuella los suelos rocosos y estalla en el aire petrificando las más variadas formas del fuego. Largos tallos solitarios adornados con flores cimeras, ramas circulares que desbordan la superficie de los tallos, anchas hojas que lamen el suelo con sus lenguas de púas.
El valle descansa en medio de una geografía turbia, cuna de más de una docena de etnias. Zapotecos, mixtecos, mazatecos, mijes, chinantecos y triquis, entre otros, han poblado por siglos el área con la geografía más variada de México. Resistieron como pocos el avance omnívoro de la conquista española pero con el tiempo la población fue diezmada, el grito silenciado, la honra macerada.
Fueron los monjes dominicos los primeros en llevar la fe de Cristo a estos pueblos. La majestuosa iglesia de Santo Domingo y el monasterio contiguo reflejan el ardor y el compromiso de los misioneros católicos con su dios. Una fe apasionada que alentaba grandes empresas pero que impedía, a su vez, comprender las creencias del otro. Las piedras enormes que sostienen la estructura afirman una terca voluntad de permanencia. Los retablos interiores, recubiertos de oro y cuadros gigantes imponen una magnificencia seductora, la propaganda eficaz que promovía al nuevo dios.
Pero la cultura popular se resiste a la imposición arbitraria de rituales ajenos. Los asume y adapta a su modo. Fiestas como el día de muertos o la Guelaguetza, evidencian la permanencia de ciertos valores y costumbres prehispánicas. Esta última, a pesar de ser una elaboración posterior (mediados del siglo XX), guarda ecos del folklore de otros tiempos. Cada año los diferentes pueblos oaxaqueños se dan cita para exhibir sus danzas tradicionales. La ciudad se viste con los más variados atuendos y baila al ritmo de los tambores, ebria con el gemido chillón de las trompetas. Cada región explota allí su singularidad, su derecho a existir, su particular manera de concebir lo bello.
Quizá es el mercado el lugar que mejor define a Oaxaca. El visitante pasea sus ojos por los bultos rebosantes de hojas de Jamaica, de saltamontes tostados, de cacahuates y chiles festivos. Las bolas trenzadas de quesillo contrastan con los moles oscuros, mezclas aromáticas adobadas con chocolate y un sinfín de especias. Las botellas de mezcal se suceden en estanterías inagotables. Gusanos, alacranes y hasta serpientes descansan en el fondo. Su veneno afirma el sabor del licor y da fuerza a quien lo bebe. Por todas partes pasan las mujeres vistiendo sus huipiles. Batas blancas adornadas con tonos vivos y figuras variadas que identifican su etnia. Se les puede ver en grupos, bandadas de colores que roban su destello a las frutas y a las flores. Sonrisas diáfanas, ojos rasgados y enormes. Una diversidad jovial que hace pensar en el sabor del paraíso.

Pero no todo es alegría, encanto, belleza. Oaxaca es uno de los estados más pobres del país y sus gobernantes han sido acusados por muchos años de corrupción y malversación de fondos. Desde junio de 2006, un grupo de profesores y líderes sindicales representantes de diversas regiones del Estado, se tomaron el zócalo de la ciudad para exigir una reforma sustancial en la asignación del gasto público y la renuncia del gobernador del Estado, Ulises Ruiz. Se hacen llamar APPO, (asociación popular de los pueblos de Oaxaca). Sus peticiones no han sido escuchadas. El gobierno en cambio, envió hace poco a la policía federal con el fin de neutralizar las protestas y reestablecer la normalidad en la ciudad. Pero el pueblo oaxaqueño se resiste a ceder. Los enfrentamientos se recrudecen cada día y la situación parece no tener salida. Se trata, no obstante, de peticiones justas de un pueblo cansado de ser explotado. Benito Juárez, presidente mexicano en el siglo XIX y uno de los principales líderes del país a lo largo de su historia, luchó por la equidad social y la reivindicación de los indígenas mexicanos. Él mismo era un indígena zapoteco nacido en Oaxaca y comprendió como pocos la necesidad de una política de estado justa e inclusiva. El respeto al derecho ajeno es la paz, es quizá su frase más famosa. Hasta los niños más pequeños la saben de memoria. Sin embargo, el gobierno actual parece haberla olvidado. La represión puede neutralizar las explosiones más evidentes de descontento, pero jamás apaciguará a un pueblo cansado de esperar.
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